miércoles, 29 de abril de 2009

Rita y Evelio

Cuento

Rita quería a Evelio porque cuando la veía le mandaba besos con la mano y le decía “qué bonita que vas para misa, Rita bella, Rita del alma” y más cosas que ella ya no oía o no entendía porque a él se le enredaban la lengua y la cabeza. Rita sonreía primero, dejando ver su boca desdentada, y agachaba la cabeza después, cuando sor Lucrecia le jalaba el brazo o le fruncía el ceño.

“¿No te estarás creyendo lo que te dice? Pobrecito Evelio, entre más días más loco”, le dijo un día la monja, antes de entrar a misa de ocho.

“Debe ser que no come”, fue la respuesta de Rita, comprensiva, revejida, encorvada; contando sus pasos sobre el pavimento y buscando alguna cosa que patear, como queriendo recordar sus muy lejanos años de niña.

“¡Vení entráte para misa con nosotros, Evelito!”, le increpó, gritando sin necesidad, la hermana Lucrecia.

“Yo a misa no voy doña Lucrecia, no ve que el padre no me da limosna”.

Y la hermana Lucrecia se puso roja, del dolor, dijo ella, de esa alma abandonada de Dios; pero en realidad fue de la ira, pecado capital, que se le subió la sangre a la cara; de la rabia porque le dijo “doña” como si no viera el distinguido hábito y también porque el loco Evelio había dicho la verdad: el sacerdote lo había sacado de la lista de beneficiarios de las donaciones para los pobres, justamente porque no iba siquiera a la eucaristía de los domingos.

“Vamos mija que este bobo, bendito sea mi Dios, es caso perdido”, dijo la monja después de resollar y agarrando a Rita de la mano.

Durante la misa Rita obedecía toda la rutina de estar sentada, pararse, arrodillarse, darse la bendición, ofrecer la mano; pero con las oraciones no le iba tan bien. El Credo, a pesar de ser el más largo, era del que más se acordaba, incluso había partes en las que alzaba más la voz, casi gritaba: “…bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado…”. Los parroquianos, ya acostumbrados a sus repentinas euforias en el templo, ni se esforzaban por reprobarla aunque se creían con derecho a hacerlo.

La hermana Lucrecia, que casi siempre la acompañaba desde hacía tres años, no cesaba en sus pellizcos cada que Rita se iba quedando en un cuchicheo, simulando que decía las oraciones completas. Del Padrenuestro sólo decía con claridad “Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” y ahí se quedaba hasta que los otros decían Amén. Los tres versos del Gloria eran imposibles, le costaba incluso repetirlos en las clases de las pacientes hermanas del hogar; y el Salve lo empezaba bien, “Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”… y hasta ahí. La monja le sumaba otro moretón al brazo izquierdo de Rita.

A Rita le gustaba más cuando la hermana Lucrecia tenía que ayudar en la casa del cura porque entonces iba a misa con sor Ernestina, casi tan vieja como ella y quien con los años había perdido la capacidad de escuchar por el oído derecho y la dejaba decir oraciones que sí se sabía. Entonces, mientras todos recitaban cadenciosos el Avemaría, Rita decía juntando las manos: “Mambrú se fue a la guerra, ¡qué dolor, qué dolor, qué pena!, Mambrú se fue a la guerra, no sé cuando vendrá”; o, mientras el Padrenuestro ella iba recitando “…Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,/como en abril el campo, que tiembla de pasión;/bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,/el alma está brotando florestas de ilusión…”.

A la salida de la iglesia, casi siempre Rita volvía a ver, así fuera de lejos, al loco Evelio. Cuando estaba tranquilo lo encontraba sentado en alguna banca del parque, limpiándose los zapatos y peinándose. Y si él la atisbaba volvía a decirle “cómo vas de bonita para misa, Rita preciosa, Rita del alma”. Pero otras veces se daba a la tarea de ahuyentar a niños y palomos con un zurriago, y los perseguía por la plaza y por las calles hasta que se cansaba o hasta que alguien lo tranquilizaba con un pedazo de pan y una bebida de malta. En instantes así, él se olvidaba de Rita y si la miraba era como si no la conociera. Entonces ella volvía al asilo con el corazón recogido y con ganas de llorar, aunque no lloraba; no hablaba con los demás viejos confinados con ella y se encerraba a esperar la misa de ocho del día siguiente.

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Evelio tendría treinta años cuando se enloqueció del todo. Había nacido en el pueblo y cargaba en su conciencia la muerte de su propio padre. La historia era conocida por todos y fue repetida durante años. Su padre era cazador, le gustaban especialmente los tigres, famosos en la región. Un día en casa, cuando Evelio tenía nueve años, estaba su papá con otros amigos hablando y exhibiendo sus armas, no sólo escopetas, también había revólveres y pistolas. En un juego siniestro uno de los visitantes le entregó un arma diciéndole “mostrá pues Evelito de qué estás hecho vos, ¿eh?”, y Evelio empuñó el arma y disparó, le disparó a su padre y cayó al suelo al mismo tiempo que él.

No se repuso y asumió la desgracia de su vida en compañía de su madre, quien logró hacerle llevadero el camino, tolerable, en medio de las eternas noches de pesadilla, las fiebres altas, los olvidos frecuentes, las contradicciones entre lo que decía y hacía, su falta de acierto hasta en las cosas más elementales, su odio incesante por la imagen que encontraba en el espejo. Sin embargo, nunca quiso morirse, o si lo quiso nunca lo intentó. Pero hacía seis años, recién cumplidos sus treinta, que su madre había muerto. Su único lazo con el mundo. Entonces se desconectó. Su locura es voluntad propia, decisión, defensa personal, pura supervivencia.

Evelio era exageradamente limpio y ordenado. Llevaba su ropa impecable, lavada en la pileta del parque. Vivía en un cuartico que invadió al verlo abandonado, mientras la enorme casa donde habitó con su madre también fue invadida por una familia vecina; ellos eran los que, siempre que podían, le daban para comer, estar limpio y vestirse.

Estaba joven Evelio, pero su rostro se veía cansado. Rita sabía que por la edad podía ser su hijo y por eso también lo quería. Le encantaba su limpieza. Le gustaba imaginarse con él, lavándole la ropa, peinándole sus crespos negros y yendo con él a la misa a rezar juntos “El hijo de rana, Rinrín renacuajo, salió esta mañana muy tieso y muy majo…”.

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Los cuentos, los poemas y las canciones que aprendió de niña con su maestra de escuela, que era también su madre, eran el recuerdo más sólido en la mente de Rita, aunque muchos los decía y entonaba sin saber qué significaban; por eso se le confundían con los rezos de la iglesia.

Nadie supo de dónde salió Rita. Algunos decían que la vieron bajarse de un bus que llegaba de Medellín la tarde de un domingo lluvioso y que se quedó parada en el parque hasta que anocheció, empapada de pies a cabeza, junto a su caja de cartón atada con una pita. Otros afirmaban que después de escaparse de Armenia, el poblado vecino, llegó caminando por la carretera vieja, llena de polvo y con los zapatos rotos. Unos cuantos juraron haberla visto sobrevolar sus techos en una noche de viernes santo, subida en una escoba y soltando carcajadas sin abrir la boca.

Lo cierto era que había tocado la puerta del asilo de ancianos tres años atrás, con una caja de cartón desecha en la que había cuatro mudas de ropa mojadas; y ella, sin dientes ya, con el pelo entrecano sobre la cara y disculpándose “por llegar a estas horas a una casa decente”.

Anunció que se llamaba Rita y recitó toda su primera noche el cuento completo de La pobre viejecita. No respondió a ninguna pregunta sobre sus familiares, su origen, su historia. Sólo, otra vez, que su nombre era Rita y que estaba cumpliendo 62 años. “…Duerma en paz, y Dios permita/que logremos disfrutar/las pobrezas de esa pobre/y morir del mismo mal”, la acompañó al final la hermana Ernestina, que la cubrió con una manta y puso su ropa a secar.

Se quedó. Ningún pariente apareció preguntando por ella. Rita se ganó el lugar en el ancianato contando e inventando historias para los demás viejos y tejiendo con las monjas mañanas, tardes, días enteros.

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El día que a la hermana Ernestina le dio un soponcio en plena misa dominical, mientras repartía la comunión, fue tal la confusión que sor Lucrecia se olvidó por completo de Rita y la dejó sola en la banca de la iglesia. Rita comenzó a cantar que “en un bosque de la China, la chinita se perdió” y se puso de pie y avanzó hacia la salida en medio de los campesinos que colmaban el templo, olorosos a perfume dulce revuelto con leña abrasada y polvo compacto Angel Face.

Fue saliendo despacito, mirando el suelo, contando las baldosas de la iglesia primero y los adoquines del atrio después. Hasta que escuchó muy cerquita, como en el borde de la oreja, “cómo estás de linda Rita mía, Rita del alma, Rita que pides por mi y te metes en mis sueños, y que te salites de misa”. Y se rieron a carcajadas mientras caminaron, sin sentir los pies, entre el atrio y la pileta del parque.

Cuando un grupo de monjas los avistaron desde el portón del templo, pasado el susto de la hermana Ernestina, Evelio alternaba entre limpiarle los zapatos y peinarle el pelo a Rita, mientras ella movía sin parar los labios y las manos.

4 comentarios:

Andrés dijo...

Gloria, cada vez disfruto más tus relatos. De éste, y yo creo que nomás por disentir, digo que se merece otro título. Bien. Ya estoy esperando el próximo.

hernando dijo...

hola gloria como estas .acabo de leer tu cuento y la verdad como dice todo el mundo me gusto .es un gusto que se siente despues de leer tanta y tantas cosas desagradables.como dice Andres seguiremos tras tus cuentos.

Gloria Estrada Soto dijo...

Hola Hernando. Qué bueno que apareces por estos lados! Bienvenido.

luz giraldo dijo...

Hermoso hermoso!!