lunes, 20 de abril de 2009

¿Quién pondrá flores en la tumba de Inocencio?

Un cuento
Tiempo máximo estimado de lectura: 20 minutos

Hubiera querido, eso sí tengo que confesarlo, pero yo no fui el que lo mató. Lo había pensado muchas veces, muchas. Uno aquí encerrado tiene tiempo de sobra para pensar cosas malas y a veces hasta se le atraviesa uno que otro pensamiento bueno. Los que saben leer son los que se pueden distraer con otras cosas; y también los que hacen artesanías y las venden los días de visita que vienen las mujeres y compran sus chucherías, que manillas, que collares, o tarjetas para regalarle al novio. Pero yo, señor, todo lo que sé hacer es trabajar con las manos, pero trabajar la tierra, sembrar, coger café, echar machete en el monte.

Machete, eso era lo que se merecía ese viejo hijueputa. No una puñalada así, sin gracia. Me disculpa que se lo diga así no más, señor, pero es que este odio que yo tengo guardado no me lo puede sacar nadie, ni mil años encerrado. Ni siquiera ahora que está bien muerto lo dejo de odiar. Es que ese hombre le hizo mucho mal a la gente que yo más quería. A mí no se me borra de la cabeza la forma tan descarada como me pidió que le diera posada en mi casa, con mujer y todo. Maldito viejo, ya se tenía todo muy bien pensado. Había sido mi suegro, cuando yo vivía con su única hija allá en San Juan.

Ella, le decíamos Tita, me dio tres hijos pero también me los fue quitando. Estaba loca y yo no me había dado cuenta. Era bonita la loquita, calladita cuando se le antojaba y altanera cuando sabía que querían darle por la cabeza. Convivimos nueve años que era lo que el mayor tenía cuando a ella le dio el arrebato de irse. De dejarme, para qué me voy a poner con bobadas. Yo como que tengo la salecita para arruinarle la vida a la gente que más quiero.

Un día llegué a la casa después del jornal y no estaban ni ella ni los tres niños. Salí para el pueblo como aturdido y busqué por todas partes y preguntaba pero la gente me miraba raro y seguro creían que era yo el que estaba loco. Pasé el primer día preguntando en todos lados y yendo donde gente que conocíamos. Ya con la luna me tocó quedarme a dormir en casa ajena, con lo maluco que es eso.

Al otro día bien madrugado estaba dispuesto a empezar la búsqueda pero yo que salgo de la casa y me topo con una amiga de la Tita que estaba toda confundida que porque la había visto coger un bus para la capital queriendo llevarse a los pelaos. Adela, que era buena persona, me contó que no había logrado retenerla pero la convenció de dejarle los niños. Me contó que Tita no decía más que incoherencias, unas cosas sin sentido que hasta hicieron llorar a esos pobrecitos hijos míos al comprobar que su madrecita estaba más loca que una cabra. Imagínese señor que dizque era que iba a comprar una bolsa de leche a Medellín y que necesitaba que los niños conocieran la ciudad, cuando ella a duras penas había ido a la plaza de mercado del pueblo.

Me devolví con los tres niños para San Juan con el alma llena de preguntas. Yo, señor, no era que estuviera muy contento con la Tita pero me gustaba cómo cocinaba y me arreglaba la ropa y me sobaba la cabeza cuando quería dormirse. Pero sus rabietas eran insoportables, tiraba las cosas y se jalaba el pelo. Otras veces era que se quedaba como ida. Pensando en no sé qué cosas. Esa cabecita… Le sigo contando pues que me devolví con los niños para la casa. Julián, el mayor, no pronunció palabra, estaba muy serio. David, que tenía seis años, fue el que me contó cómo había pasado todo. Que la mamá les había dicho que iban todos para el pueblo a conocer a un señor que les regalaría ropa y zapatos, que si estaban de buenas también les daría de esos juegos en cajita que muestran en la televisión. Y que después, en el pueblo les dijo que tenían que tomar el bus para Medellín pero no explicó por qué. Repetía las mismas cosas el David, como un loro, y si yo le preguntaba algo más, volvía y me contaba lo mismo, tal cual y no agregaba nada nuevo. Andrés, el pequeñito que tendría tres o cuatro años, qué pesar, a ratos preguntaba por la mamá, al momento se respondía él mismo que ya venía, y al otro rato ya estaba jugando feliz con una pelota de colores que le regaló Adela.

Viví más de un año solo con los niños. Pero usted sabe señor que uno como hombre necesita una mujer en la casa. Mucho más si tiene niños para terminar de levantar. Yo ya conocía de hacía muchos años a la Omaira y aunque le llevaba diez años de edad, no era indiferente a mis coqueteos desde que me quedé solo. Un día pasé por su casa y le dije en charla que si se dejaba llevar por mí, que yo por esos ojos hacía lo que fuera. Apenas se rió y no dijo nada, me mostró esos dientes blanquitos blanquitos y yo más enamorado. A los dos días, me acuerdo muy bien que era la fiesta del domingo de ramos, ya íbamos a salir todos para la procesión en el pueblo cuando ella llegó a mi casa y dijo que quería acompañarnos. Y nos acompañó ese día, esa noche y todas las noches siguientes. Hasta que la desgracia llegó a la casa disfrazada de ese viejo y yo la dejé entrar.

El viejo llegó cuando Omaira tenía unos cuatro meses de embarazo. Traía una caja de cartón en una mano y una mujer en la otra. Si usted hubiera visto la cara de humildad con la que llegó el viejo a pedirme que en memoria de la Tita, como si estuviera muerta y no volada, le diera posada unos días porque un barranco le había tumbado la casa. Era verdad lo del barranco, señor, porque en esos días había llovido mucho y además de que la tierra en San Juan es muy inestable, los ranchos más viejos fueron construidos sin bases, por encimita no más. Entonces le dije que sí, que podía quedarse en mi casa mientras buscaba una para él y en memoria de la Tita que ya todos dábamos por muerta y que, a pesar de todo, había sido buena conmigo.

Omaira los acomodó en el cuarto del mayor, que pasó a dormir a la misma habitación con los otros dos chiquitos. Julián no hizo muy buena cara pero como no decía nada... Además Omaira tenía un don de mando y los niños le obedecían más que a su propia mamá. El viejo descargó su caja y nos presentó a la mujer, que apenas, como con un gran esfuerzo, levantó la cabeza. Nunca supimos cómo se llamaba porque el viejo unas veces le decía mi Violeta, otras veces mi Candela y otras tantas, mi Tórtola. Yo creo que no tenía nombre, porque ¿cómo se va a dejar llamar uno de tantas maneras teniendo un nombre? ¿Usted cree señor? En todo caso, ella era como un perrito faldero con él, a todo lo que él le decía obedecía y cuando el viejo se iba el día entero ella se quedaba en ese cuarto encerrada. La Omaira me contaba que a ratos salía y ayudaba en algo de la casa o en la cocina, comía y volvía encerrarse. Parecía que esos dos se querían porque cuando estaban juntos se consentían todo el tiempo y ella sólo se veía feliz cuando estaba con el viejo.

La vida fue de ese estilo, bien normal, durante varios meses. Nosotros en nuestra vida cotidiana y el viejo saliendo a buscarse alguna forma de trabajar para hacerse una casa nueva. Todos los días iba y le daba vuelta al terrenito suyo, arrancaba lo que hubiera y siempre llegaba con alguna cosa de comida. A Omaira le crecía la barriga y todos queríamos que a la familia llegara una niña. Ya le teníamos nombre sin siquiera estar seguros de qué sexo iba a tener. Los dos niños menores, David y Andrés, le pusieron el nombre: Lucía, que porque así se llamaba la profesora. Y decían que la iban a llevar a la escuela y le iban a mostrar la vereda y que iban a coger mangos con ella. A veces había que bajarlos de la nube porque exageraban en fantasías. El viejo miraba como con recelo, yo no sé señor, yo veía que a él no le gustaba que estuviéramos tan tranquilos. En algunas ocasiones lo escuché cuando les preguntaba a los dos menores que si se acordaban de la mamá, de la Tita, y les recordaba que ella era su mamá de verdad y que de pronto hasta un día se aparecía. Usted entenderá que a mí no me gustaba que les dijera eso, que los llenara de ilusiones que nadie sabía si iban a ocurrir o no. Además les traía a la memoria algo que era muy doloroso para ellos. Sin embargo, yo nunca he sido hombre de problemas y no los tuve en esos momentos con el viejo a pesar de ser tan metido.

El mal día en que la desgracia cayó sobre mi familia comenzó con la buena paga de la última cosecha de café del año. Omaira y yo queríamos llevar a David y Andrés al dentista y aprovechar para hacer el control de las últimas semanas de embarazo. Julián y yo nos fuimos temprano para el pueblo con otros tres vecinos de la vereda, en un carro que contratamos entre todos para sacar el café recogido y venderlo en la cooperativa. La idea era encontrarnos con Omaira, David y Andrés en el pueblo antes de mediodía, en el almacén de una prima lejana que vendía ropa para niños. Pero no llegaron, señor. Nosotros descargamos los bultos, pesamos, negociamos y nos metimos la plata al bolsillo. Buscamos desayuno en una cafetería y de ahí nos fuimos para donde Berta, la prima, a esperar. Vimos cuando llegó el campero de San Juan y se bajaron los conocidos, pero nadie nos daba razón de los míos.

San Juan es una vereda pequeñita, señor, y el servicio de transporte es reducido, aunque el domingo es más frecuente. Ese día el campero lleva a la gente en uno o dos viajes en la mañana al pueblo y luego hace dos viajes de regreso en la tarde cuando todos llevamos el mercado para la casa. A la hora en que estábamos esperando Julián y yo ya no había forma de que Omaira y los niños llegaran al pueblo. A mí me dio por pensar que a la Omaira le había dado por el mal genio y no había querido ir.

Julián se quedó con unos amigos que habían llegado de San Juan y yo me puse a dar vueltas por el pueblo, un poco inquieto pero a la final no tenía mucho qué hacer porque había que esperar a que a las dos o cuatro de la tarde el campero emprendiera el regreso.

Ese tiempo se me hizo eterno porque, primero, no tenía nada para hacer y, segundo, no me explicaba por qué la Omaira no había llegado. A ratos me daba era como rabia que no hubiera cumplido, cuando era una cosa que habíamos planeado tanto, le habíamos echado cuentas y estábamos muy contentos porque la plata que íbamos a recibir por el café era buena. Iba a ser el último control suyo hasta el parto y en la escuela nos habían dicho que los niños tenían los dientes muy feos y que había que llevarlos al médico. Intenté convencer al Julián de ir él entonces donde el dentista, pero se rebeló. Usted sabe, señor, un jovencito de esos es muy llevado de su parecer y uno no está para rogarles que hagan algo por su propio bien. ¿No cree?

Casi a las dos y media fue que resultó el viaje de vuelta para San Juan. El recorrido me pareció más largo que de costumbre, aunque duró los mismos cuarenta y cinco minutos. Julián y yo nos bajamos en la tienda y cogimos el caminito para ir a la casa. Cuando empecé a vislumbrarla, sentí como un vacío en el pecho que me hizo detener. El muchacho atrás me empujó con un palo con el que jugaba y dijo “hágale pues pa´, ¿o se va quedar ahí parado?”. No le digo sino, señor, que fue una cosa muy rara.

Cuando llegamos, la casa estaba de puertas abiertas y el radio del viejo tirado en el suelo. Llamamos a todos pero nadie contestó. Revisé la casa cuarto por cuarto mientras Julián intentaba sintonizar algo en el radio. Entonces me fui para el tanque de lavar café, pensé que podrían estar ahí porque en esa parte daban sombra los palos de mango y era el mejor lugar para disfrutar la fresca a esa hora. Pero lo que encontré fue otra cosa, señor. Unas gotas de sangre en uno de los muros del estanque, que me hicieron temblar las piernas, me hicieron tragar saliva. Seguí otras cuantas gotas que me llevaron hasta el moral donde lo que vi no se lo deseo a nadie. El maldito viejo había matado a machetazos a Omaira embarazada y a mis niños del alma. Grité tan fuerte que no me oí. Julián escuchó y fue a buscarme. Viera señor, con una sangre fría que yo no tenía, me dijo “también mató a la Tórtola. Allá está en el estanque”. Y nos quedamos ahí, pasmados. Yo arrodillado y él de pie con un palo en la mano, ambos mirando lo que no queríamos ver. Con el corazón apretado. Con una rabia y un sentimiento, señor, que no le sé explicar, que no se puede explicar.

Julián me ayudó a pararme. Ese día me di cuenta de que era casi un hombre, tenía unos brazos fuertes y mucho carácter. Me puse de pie despacito y abracé a mi hijo por primera vez en la vida. Ahora recuerdo que toqué su espalda ancha y dura, le toqué la cara sin lágrimas y reconocí que tenía los mismos ojos de la Tita. Entonces, con más dolor todavía, me puse a llorar.

***

Nosotros no teníamos otra cosa en la mente que encontrar al viejo ese y cobrarle por lo que nos había hecho. Emprendimos monte abajo, hacia el río, pensando que por ahí huiría. La venganza nos daba ánimo. Con los machetes nos abrimos paso. Había que ir rápido pues no sabíamos qué ventaja nos llevaba el viejo. En San Juan la noticia se había regado como fuego después de que les dijimos a los dueños de la tienda que nos ayudaran poniendo el denuncio en la inspección. A ellos también les pedimos que cuidaran los cuerpos. Estaban todos escandalizados. Les parecía absurdo que nos despidiéramos como locos en busca del viejo en lugar de resolver primero qué hacer con los cuerpos y denunciar el caso nosotros mismos. Pero yo sabía, señor, que ya nada iba a resucitar a los míos; en cambio, estaba convencido de que el viejo tenía que pagarla y no se podía escapar así no más.

Pero no lo encontramos, señor. Ni esa tarde ni al día siguiente en el que yo a ratos quería olvidarme del asunto pero el Julián tenía los ojos tan llenos de odio que me daba miedo mirarlo. Ese día mientras yo trataba de resolver el asunto de los entierros y demás, el muchacho se me escapó para el pueblo. Me tocó seguirlo y desentenderme del entierro; hoy me duele mucho recordar eso también, que fueron los vecinos los que se encargaron de todo.

Julián nunca me dijo de dónde sacó la pistola. Lo vi sentado en una manga del pueblo jugando con ella. Apuntando, haciendo como que disparaba. No era un niño el que yo veía, tenía la cara de un viejo. “Lo voy a sacar de donde esté, papá. Él no le puede hacer esto a usted”, hablaba como si no fuera con él la cosa, como si a él no le doliera, haciéndose el fuerte aunque le habían matado sus hermanitos. Todavía yo no me explico señor qué era lo que más me dolía de todo eso. Si los que había perdido para siempre o este hijo que vivía pero que tenía tanto odio por dentro. Y yo me llenaba de más rabia y también de más odio.

Ahí fue que la policía nos encontró con el arma y a mí me encanaron, señor. A Julián se lo llevaron conmigo pero sólo era para meterle miedo. Dos horas después lo mandaron para la casa, mientras el jefe de policía se reía diciéndole que se fuera a estudiar en lugar de andarle siguiendo los malos pasos al papá. Por eso es que yo estoy aquí, por posesión ilegal de arma, porque cuando nos cogieron yo dije que esa pistola era mía.

Usted sabrá ya esta parte de la historia, señor, que cuando yo llevaba una semana aquí cogieron al viejo por los lados de Candelaria, allá abajo donde el río Capriolo desemboca en el Cauca. Lo procesaron por las muertes de mi casa y también por la de otros dos hombres que dizque mató en el Cesar cuando vivía por allá.

Desde entonces Julián vino a visitarme con más frecuencia intentando entrar algún arma para matarlo, y “quedarse aquí por ahí derecho”, le decía yo. Señor, no le voy a decir mentiras porque me hicieron jurar que sólo iba a decir la verdad, yo también tenía muchas ganas de cortarle la cabeza y meterle un navajazo en el vientre a ese viejo, más aún teniéndolo ya por estos lados. Pero el consejo que tenía que darle al Julián para que no terminara de arruinarse la vida me estaba trabajando a mí también, ¿me entiende? Yo quiero pensar que lo convencí porque el último día de visita no vino. Lo cierto es que yo había acabado por convencerme de que no valía la pena, de que al viejo, más tarde o más temprano, le llegaría la hora de pagar.

Yo no fui, señor. Le repito que yo no lo maté. Al viejo ya lo detestaban suficiente por lo que hizo. Hasta a los malos de aquí, que lo que han hecho es robarse gallinas y sacar racimos de las fincas, les daba rabia que los juntaran con un maldito cobarde que mataba niños. Puede estar seguro, señor, de que alguien más valiente que yo se me adelantó.

Escrito en diciembre de 2006

3 comentarios:

Ginna dijo...

Un relato cargado de suspenso y de una buena narrativa. Me gustó mucho.

Gloria Estrada Soto dijo...

Qué bueno Ginna que lo hayas disfrutado. Un abrazo y bienvenida a mi blog.

Andrés dijo...

Bien, me gusta el manejo del punto de vista y la construcción del personaje. Veo que realmente has estado trabajando en el tema de la narración literaria.
Para mi gusto, veo ciertos detalles en el manejo del lenguaje, que me sacan un poco del personaje, pero son detalles mínimos que no desdibujan la calidad.
Saludos.