viernes, 22 de mayo de 2009

La pelea

Un relato

Le reventé la boca de un puñetazo y como ya estaba en el suelo la agarré del pelo y la arrastré por el corredor hasta que me detuvo la señorita Edilia jalándome las orejas.

- ¿A dónde cree que va jovencita?
Me preguntó apretándome más y yo tenía tanta rabia que no le contesté. Solté a Adriana y ella apenas se sentó y se puso a llorar y a limpiarse con la falda la boca llena de sangre.

- ¿Le parece muy bonito lo que acaba de hacer? Ya veremos que dice su papá cuando se entere.
Y la profesora al fin me soltó las orejas.

- ¡Qué importa!
Dije levantando los hombros y acariciándome las orejas que me ardían.

- Ah, conque muy grosera.

La señorita Edilia le entregó a Adriana un pañuelo para que se tapara la herida de la boca y la ayudó a pararse.

- Ya saben, las dos, a la dirección.

Cuando la profe se adelantó y nosotras la seguíamos detrás, yo miré a Adriana con una sonrisa, mi sonrisa triunfadora. Ella que se creía la más bonita de la escuela ahora estaba despeinada como una loca, con los ojos rojos de llorar, con la boca hinchada y con el uniforme arrugado y sucio. Ja ja. Yo sé que más de una de mis compañeras estaba más feliz que yo de verla así.

En la pelea Adriana no había alcanzado a defenderse. La cogí de sorpresa. Ella ni se imaginaba que yo le iba a caer encima así de frente, menos se iba a imaginar que yo sabía que ella le había dicho a Mauricio que él me gustaba y que se inventó que yo le había mandado dizque saludes.

- ¡Tené, por metida y mentirosa! ¡Boba, pendeja!
Le dije cuando le mandaba la mano y con las pelaítas de tercero haciéndome corrillo.

En la dirección estaba la señorita Consuelo, muy bien sentada y muy bien peinada como siempre, con las banderas de Colombia y de Antioquia atrás, como lista para un homenaje. Mientras la profesora Edilia le contaba de la pelea, la señorita Consuelo nos miraba de arriba abajo y le hacía señas a Adriana con la mano para que dejara de llorar.

- Nancy, vamos a tener que llamar a tu papá y quedarás suspendida por el día de mañana.
Dijo la directora.

- Ahora van a hacer las paces. ¡Que se vea pues! Dense las manos. No pueden quedarse peleadas toda la vida.
Le dio por decir a la profesora Edilia, como si nuestra pelea fuera una bobada.

Más ira me dio pero nosotras sabíamos que hasta que no nos diéramos la mano no nos iban a dejar salir de ahí.

No creí que Adriana iba a tener tanta fuerza; me apretó tan duro que me temblaron las piernas. Nuestra pelea estaba casada.

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Después de eso, papá sólo me castigó con encierro el día que me suspendieron de la escuela. Eso sí, me advirtió que no quería que volviera a pasar y le prometí sinceramente que no se repetiría.

A Adriana le salió el tiro por la culata, pasó por chismosa, porque Mauricio sabía que a mí el que me gustaba era Sergio, su hermano mayor, que estaba en quinto grado como nosotras, pero en la escuela de niños. Por eso me odiaba, porque a ella también le gustaba Sergio; pero él no le daba ni la hora.

En cambio a mí me mandaba guayabas y naranjas que se robaba del patio del vecino. Yo le respondía con acrósticos y poemas que escribía en clase de matemáticas, mientras la profesora hacía repetir mil veces la misma tabla de multiplicar que yo hace rato me sabía.

- ¿Qué vamos a hacer hoy?
Me preguntaba Mauricio las tardes en que no tenía tarea, después de saltar el muro que separaba su casa de la de Adriana, cruzar su patio, pasar por encima del tanque donde almacenaban agua y meterse por el hueco que habíamos hecho todos nosotros en la rejilla de ese lado de mi casa.

- ¿Sergio está en la casa?
Le respondía yo.

- Sí, está viendo Los superamigos.

- Entonces vamos a ver Los superamigos.

Y nos sentábamos a ver televisión toda la tarde. Yo al ladito de Sergio, los tres sentados en la cama, recostados contra la pared, comiendo guayabas con sal y limón. Después de Los superamigos seguían Los transformers, y luego Batman y Robin, ah, y después He-man. Casi siempre también se aparecía Adriana que nos había visto pasar por detrás de su casa riéndonos pasito dizque para que no nos oyera.

Después de la pelea, Adriana y yo no volvimos a hablarnos aunque nos veíamos todos los días en la escuela y casi todas las tardes en nuestra calle o en la casa de Sergio y Mauricio. Ella les llevaba dulces que hacía con su mamá. Que de ahuyama, de vitoria, y nunca me ofrecía. Claro que yo tampoco iba a recibirle. Éramos enemigas declaradas pero ahí estábamos juntas con tal de estar al lado de Sergio.

Cuando veíamos televisión con Adriana a veces se ponía cansona porque a ella no le gustaba sino estar correteando, y quedarse quietecita le daba como piquiña. Entonces empezaba: que vamos a jugar ponchao, que allí están Las Coladas para que juguemos yeimis, que qué bueno jugar a las escondidas.

La verdad no me molestaba salir de ese cuarto tan oscuro y correr por la calle, aprovechando el solecito y también que a Las Coladas las habían dejado salir, cosa rara porque como eran tan necias las mantenían castigadas a las cuatro. Pero la verdad verdad era que yo sólo quería hacer lo que Sergio quisiera y si él se animaba salíamos todos a darnos con el balón.

La pasábamos bien. Adriana y yo nos hacíamos en equipos contrarios y ambas éramos buenas jugadoras. Nunca intentó vengarse, aunque yo sentía que me tiraba con más fuerza el balón cuando jugábamos ponchao. Bueno, yo hacía lo mismo, pero a ella era muy difícil odiarla del todo de tan bonita que era. Me daba rabia admitirlo pero cuando la veía armando la torre de piedras para jugar yeimis, veía sus manos blanquitas tan delicadas y ella toda flaquita y con ese pelo mono liso que se recogía apenas se levantaba para llamarnos a todos a empezar el juego.

Yo en cambio era más bien gorda, trocita decía mi mamá, la suerte es que era más grande que las niñas de mi edad entonces no se notaba tanto; y mi cabello era crespo, churrusco decían mis compañeras para sacarme la piedra. En las notas que me enviaba con su hermano, Sergio me decía que le gustaban mis rizos negros y que no me los volviera a cortar como hacía dos años que tuvieron que tusarme porque tenía la cabeza llena de piojos, claro que él no sabía por qué esa vez mi papá me había quitado todo el pelo.

- ¡Tírenle a la gorda!
Gritaba una de Las Coladas que jugaba en el equipo contrario. Y todos se reían.

- Nada, Nancy. Vos sos una guerrera. ¡Por eso siempre ganamos!
Respondía a todo pulmón Sergio, defendiéndome.

Y era cierto, cuando él y yo jugábamos en el mismo bando casi siempre lográbamos armar la torre del yeimis antes de que nos poncharan a todos.

- ¡Yes!
Decía yo feliz, saltando de la mano con Sergio que era más grande que todos porque hizo cuarto grado dos veces y estaba repitiendo quinto también.

Cuando perdía en el juego, Adriana se entraba para su casa y salía luego al corredor con un vaso de jugo en la mano, a secarse el sudor y a mirarnos a los otros hacer lo mismo sentados en la mitad de la calle.

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Al fin llegaron las vacaciones de ese año definitivo en el que ya dejábamos la escuela para empezar la secundaria en el colegio mixto. Íbamos a ser grandes y a estudiar con muchachos; y también iba a haber profesores hombres, cambio de uniforme y clases de inglés.

Esa Navidad, como en casi todas las que yo recordaba, las novenas se hicieron en la casa de Sergio. Allá hacíamos los de la cuadra un pesebre grande, lleno de muñequitos de toda clase que cambiábamos de posición cada día.

Al final de la octava novena yo vi cuando Adriana se le arrimó a Sergio a entregarle un pedazo de natilla, él se la recibió y se quedaron hablando. A unos pasos no más, pero sin quitarles la vista de encima, estaba yo con Mauricio y Las Coladas quemando chispitas mariposas que era lo único de pólvora con lo que papá me dejaba tener contacto.

Recuerdo que era una noche bonita, se podían ver muchas estrellas mientras hablábamos sin oírnos sobre lo que esperábamos de traído del niño Dios para el día siguiente. Adriana se juntó con nosotros al rato.

- Ya me dijo Sergio que ustedes se van a cuadrar cuando entren al colegio.
Me dijo al oído. Yo me quedé callada, mirándola a los ojos.

- Que van a ser novios, boba.
Ya no fue en secreto sino que lo gritó a los cuatro vientos.

- Más boba serás vos.
Le dije empujándola. …Yo lo que estaba era sorprendida.

- Te escogió a vos y no me importa. En el colegio va a haber un montón de pelaos bonitos, para escoger. …Y vos ya vas a tener novio.

Y mostró esos dientes torcidos en una sonrisa que me voló la piedra.

- Corréte para allá que ahí vienen los muchachos con las papeletas.
Le dije y la arrastré conmigo de la mano. Se dejó llevar unos pasos atrás, pero luego se soltó y dijo que a ella sí la dejaban quemar pólvora.

Me quedé lejos, sentada en un muro de la casa vecina junto con dos de Las Coladas, las más pequeñitas, que se tapaban los oídos cada que estallaba una papeleta. Mientras los otros estaban allá quemando la pólvora, yo me quedé pensativa. Me dio por pensar en la tela para la falda del uniforme nuevo que habría que comprar; me dio por mirarme el pecho y me preocupé pensando en la blusa blanca del colegio; y también pensé en los zapatos colegiales que salían por televisión y que yo quería tener para el año entrante.

Entonces, no supe cómo fue pero después del último estallido que escucharíamos esa noche, Adriana resultó gritando y llorando, con la mano derecha chorreando sangre.

En unos segundos ya estaban los papás de todos en la calle, dando manotazos, regañando y mandándonos a entrar a la casa.

Yo también estaba llorando cuando me entraron a empujones. Lloraba porque había visto cuando sentaron a Adriana en una silla, con el pelo encima de la cara y los ojos inundados, para cargarla entre dos y llevarla al hospital. Creo que ella se dio cuenta de que yo la miraba aunque se hizo la loca intentando ayudar a su madre mientras le envolvía la mano en un trapo que cada vez era menos blanco.

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Mis zapatos del colegio estaban nuevos pero no eran ni de goma ni de los que parecían traídos de Miami. Me quedé mirándolos, brillantes, mientras el rector daba un discurso de bienvenida. Bla bla bla. Debajo de mi blusa tenía un top amarillo; era raro tener eso puesto pero al mismo tiempo me hacía sentir bien.

El rector terminó de hablar y los profesores empezaron a separarnos por grupos. Cuatro grados sexto de a veinte estudiantes cada uno. Casi todos corrían de un lado a otro intentando quedar con sus amigos pero yo, por algún motivo que desconozco, me quedé de pie ajustándome los pliegues de la falda y con cierta rabiecita porque me la hicieron muy larga.

- ¡Nancy vení!

Alcancé a oír un par de voces que me llamaban. Ni me inmuté. Cuando levanté la vista, Sergio y Adriana estaban entre un montón de muchachos que llegaban al tercer piso y a mí me rodeaba otro grupo entre los que había una que otra cara conocida.

Los saludé con la mano y como respuesta Sergio me mandó un beso. Era suficiente para quedarme tranquila el resto del día en el que todo lo que íbamos a hacer en los salones era hablar del horario, del reglamento, de los cuadernos y los libros, de la disciplina y del sistema de calificación.

- Nancy, que aquí le manda Sergio y que muchas saludes. ¿Qué le digo?

Era un receso por un supuesto cambio de clase en ese primer día de secundaria y Adriana me estiraba la mano, a la que le faltaban dos dedos. Me entregaba una barra de chocolate.

- Que se las retorno.
Le dije yo; y vi cómo se alejaba corriendo hasta el otro salón, en el corredor de enfrente, donde la esperaba sonriente nuestro amigo, su compañero de clase, mi novio.

5 comentarios:

ARISTI dijo...

Excúsame que no hubiera leído el anterior cuento que me enviasta. Ya mismo lo buscaré y lo leeré. Este me encantó. Muchas gracias y felicitaciones

Gloria Estrada Soto dijo...

Gracias a vos por visitarme. Sigo atenta a tus comentarios.

Anónimo dijo...

Gloria
Disfruté mucho esta pelea, hay fluidez y unas imágenes bacanas. Una que otra objeción, que te las diré cuando hablemos.
Andrés

Adriana dijo...

Hola Gloris, me gustó mucho el relato de La Pelea, al igual que La Nube. Me pondré al día con la lectura de tus otros escritos ya que tu estilo me parece muy ameno; pienso compartirlos con Daniela, para ver si se motiva y continua escribiendo como lo hacia cuando estaba más chica.
Felicidades.

RAÚL ROSERO MOLINEROS dijo...

Hola Glory, no te sorprendas pero vos sabes que siempre estoy en la jugada con tus escritos los cuales me parecen superbacanos, lo atrapan a uno facilmente. Ésta historia me permitió ser niño nuevamente y recordar "aquellos diciembres que nunca volverán". Te felicito y auguro muchos triunfos, espero pronto leer no sólo un cuento sino un libro.
Un abrazo RAÚL ROSERO MOLINEROS