jueves, 28 de mayo de 2009

Mojada o La última flor amarilla


La encontraron en el cementerio, tendida sobre el césped junto a una tumba sin flores. Así, sin flores, estaban todas las tumbas de aquel cementerio. Eran las siete de la mañana cuando los enfermeros se bajaron de la ambulancia para subirla a la camilla. Uno de ellos le quitó la chaqueta mojada mientras el otro removía suavemente un pétalo amarillo que Yolanda tenía en la comisura izquierda de su boca. Cuando la levantaron, nadie vio que Yolanda empezó a llorar pequeñas y olorosas lágrimas amarillas.

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“Anoche cuando los vimos de lejos, lo primero que pensamos era que el tipo del taxi la estaba acosando. Por eso resolvimos acercarnos para ver lo que pasaba y ver si la mujer necesitaba ayuda. Cuando la vimos ahí sentada, llorando, bajo la lluvia y totalmente mojada, antes de preguntar, yo ya estaba pensando que era algún problema de pareja. Pero no. El taxista, un señor de unos sesenta años, nos dijo que no sabía quién diablos era. Que minutos antes le pagó una carrera en la que todo lo que había hecho era darle vueltas a la glorieta. “Está como loca”, dijo el señor del taxi. “Pero mírela como está de bien vestida; quién sabe qué le pasó”, dijo mi compañero de patrulla. Ella seguía llorando y no quería responder nada como tampoco quiso moverse un poco más para quedar debajo del puente y no mojarse. Nosotros nos quedamos allí. No sé esperando qué, pero nos quedamos.

El taxista nos contó que la había visto bailando y cantando en plena glorieta como a las nueve de la noche, como si no sintiera el tremendo aguacero que todavía estaba cayendo. De pronto, nos siguió contando el taxista, vio que unos tipos raros la miraban desde el otro lado y se le iban acercando. “Tenían una cara de malos”, nos dijo, “por eso yo me arrimé donde ella, para que no la vieran sola”. Ahí fue que ella se asustó de verdad y dejó de cantar, de bailar y hasta de llorar. Se subió al taxi y le hizo dar vueltas y vueltas mientras el viejo taxista la miraba por el retrovisor esperando que decidiera algo. “Gire no más. No quiero ir a ninguna parte. Cuando ellos se vayan me vuelvo a bajar”, fue todo lo que la mujer le dijo al taxista. Y así fue. La lluvia mermó un poco.

Entonces fue cuando vimos, mi compañero, el taxista y yo, que ella al fin se paró del andén, y empezó a caminar para salir de la glorieta. “¿La llevo?”, le gritó el taxista. Pero ella ni miró. El viejito la siguió despacio y nosotros lo seguimos a él. En parte porque ya estábamos intrigados con la mujer esa y también porque sabíamos que en noches así nada emocionante había de pasar. Caminó durante más de media hora hasta llegar al cementerio municipal. Entró por la portería peatonal que estaba entreabierta y que no vigilaba nadie.

Nosotros no pudimos entrar; la reja para los carros estaba trancada y el taxista nos hizo cara desde la calle de que era imposible abrirla. Nos resignamos a verla alejarse hacia adentro del cementerio hasta que se sentó junto a la tumba esa en la que la encontraron. Pensamos que había sido una ilusión, o, quien sabe, un alma en pena que salió a bailar bajo la lluvia.”

5 comentarios:

santiago dijo...

me gustó bastante, has pensando en... no se, ¿crear una historia en varios posts? seria bastante interesante

Gloria Estrada Soto dijo...

glup... soy neófita en esto... ¿te refieres a hacer algo por entregas? Pilas pues para que me cuentes... mi correo: gloriaces2003@gmail.com

Doris G dijo...

Hola Gloria, aproveché este depertar trempano mio para darme una pasadita por tus historias, unas muy lindas y tambien muy tristes, la última muy buena descripción, el movimiento en el tiempo y de verdad me senti espectadora en ese puente. Me puse a leer hacia atras, La nube corta muy corta pero muy buena. Un abrazo.

Anónimo dijo...

te da susto que te critiquen en "publico"?

Gloria Estrada dijo...

Para nada! por favor, es la idea. Se trata de exponerme y que quienes me lean hagan sus observaciones y críticas. Bienvenidas todas.
Así que: cuéntamelo todo!