domingo, 27 de septiembre de 2009

Un lugar llamado El Polvero

Un relato (?)

1

Mercedes Gutiérrez llegó al sitio conocido como Morrón, a orillas del río Cauca, cuando tenía siete años. Sus padres la dejaron al cuidado de los dueños de una de las primeras haciendas que hubo en la zona, colonos caldenses que tuvieron las mejores tierras y el mejor ganado. Mercedes ayudaría en los quehaceres y se ganaría el estudio y la comida. Una ilusión. La verdad fue que tuvo más trabajo del que una pequeña de su edad podía hacer y nunca conoció la escuela. Se crió con los mayordomos y no volvió a saber de sus padres, una mujer enferma y débil de espíritu que siempre se doblegó a los deseos de su esposo, y un hombre miserable que regó hijos por toda la región.

La pequeña Mercedes aprendió a vengarse de su destino disolviendo mocos y babas en las comidas que servía, pasándose los panes del desayuno de los hacendados por su vagina mojada de orín e importunando con ruidos de pasos y voces los libidinosos encuentros de un cura de la familia que en las visitas de cada mes se acostaba con una prima lejana.

Así, en medio de pilatunas que sólo ella sabía, de regaños y palmadas de la vieja que la crió, y con las manos llenas de callos cumplió Mercedes sus quince años, se enamoró de Eliécer Correa y empezó a dar a luz a sus diez hijos.

Eliécer tenía veinticinco años cuando la encontró en la loma untándose la leche de una hoja morada que le habían dicho que servía para quitarse las verrugas de los pies. Sin decirle nada, la arrinconó contra una roca y la hizo suya sin ningún esfuerzo, mirándola a los ojos mientras su espalda se ponía roja con las hojas que Mercedes sudorosa le frotaba con las manos. Ella no tuvo que pensarlo mucho para empacar sus cosas y subir falda arriba con un hombre que le llevaba diez años y que tenía una merecida fama de vividor y mujeriego. Eliécer se la llevó para su casa arriba en El Polvero, donde el sol no sofocaba tanto.

Eliécer era el último de una familia de siete hijos que se habían ido uno tras otro a poblar otras tierras. El patriarca, don Tulio Correa Sánchez, viudo, acabado ya y con más de ochenta años, pareció no darse cuenta de la llegada de Mercedes. A ella poco le importó que su suegro no diera muestras siquiera de desagrado cuando soltó su caja de cartón llena de ropa, la abrió desatando la cabuya y empezó a colgar sus vestidos en el armario.

2

Desde El Polvero se divisaba el amanecer sobre el río Cauca como en una postal. Las haciendas a cada lado de la corriente parecían aldeas de un pequeño pesebre vistas desde allá arriba. La casa de los Correa, en la que Mercedes y Eliécer levantaron a seis hijos y vieron morir a cuatro de ellos cuando acababan de nacer, quedaba en una de las mejores planicies del sitio; muy cerca de la tienda y del paradero del único y destartalado carro que hacía, una vez al día, la ruta de cuarenta kilómetros entre la vereda y la cabecera del pueblo.

La pequeña finca de los Correa tenía banano, plátano, café, naranja, mandarina, mango, guama, cacao y maíz. Tenían también gallinas, tres caballos y alguna vez tuvieron una vaca. Recuerdo lo que más me gustaba: el huerto lleno de cebollas, coles y tomates pequeñitos. En El Polvero ellos eran los campesinos que mejor comían, tenían televisor y en diciembre armaban un árbol grande de navidad. Nosotros éramos felices allá en vacaciones. Mi hermana, más arriesgada que yo, montaba los caballos mientras yo me echaba a rodar por la pendiente. Después nos íbamos para el cacaotal a jugar a que recogíamos la cosecha, y la dejábamos en el suelo. Por la noche, caían sobre mi mamá los reclamos por el cacao verde encontrado en el terreno.

En sus regaños, mamá solía decirnos que había sido por nuestra culpa que la vieja Mercedes había perdido la vista. A veces se le olvidaba la mentira y decía que al que le habíamos sacado un ojo había sido a Juan, el hijo de la vieja. Nosotros siempre dudábamos, otras veces nos daba miedo, otras apenas si le hacíamos caso. Pero cuando estábamos allá de visita, en El Polvero, en la casa de los Correa, mi hermana se apresuraba a preguntarles si era cierto. Apenas se reían socarronamente. La vieja no decía nada, se corría el cabello largo y blanco que le picaba en la cara y seguía desgranando mazorcas. La recuerdo así: siempre pelando, desgranando y pilando maíz; y siempre con un delantal rosado con una pequeña flor bordada en el único bolsillo. Cada año, cuando la visitábamos, mamá nos invitaba a acercarnos a ella para que nos tocara. Año tras año nos encontraba más grandes y preguntaba sin interés en qué grado estábamos.

No recuerdo cuándo y de qué murió la vieja Mercedes, sólo sé que en unas vacaciones de la escuela, en las que volvimos a la casa de techo de bahareque y piso de madera, no había quién nos midiera tocándonos la cabeza. Quedaban solamente los tres hijos solterones que la habían acompañado hasta el final, un gato sucio, la polilla que se comía todo, un rastrojo que invadía la casa y la cara trastornada de María, la menor de la familia, que apenas pasaba de los treinta años, pero que siempre se había visto vieja de tragarse el humo de la leña haciendo de comer para todos.

María ya estaba loca cuando murió la vieja. Andaba todo el día con una escoba hecha de ramas, hablando aunque fuera sola y echando gallinas que le sacaban el maíz cocido de la cocina. Mamá decía, pensando que no escuchábamos, que María seguro era señorita, que con esa chifladura era improbable que hubiera conocido hombre. La vi vestida de domingo, sin sus botas pantaneras y muy perfumada, un Viernes Santo en que mamá nos llevó a la procesión en el pueblo. Se había untado labial en los pómulos y se había hecho un moño en la cabeza. Recuerdo su pequeña joroba y la mueca extraña que era su risa.

Con María vivieron siempre sus dos hermanos. El mayor de todos, Gilberto, y el benjamín, Juan.

Gilberto era la diversión de la casa en donde hacían estación los trabajadores que subían la pendiente desde orillas del río Cauca hasta la pequeña meseta de la vereda, El Polvero. Los campesinos, con sus machetes al cinto y olorosos a sudor, paraban siempre en la casa de los Correa a las cinco de la tarde, antes de regresar a casa, a tomar el guarapo de María y a escuchar las historias increíbles que narraba el viejo Gilberto. Ellos sabían que a él bastaba con preguntarle cualquier cosa, la hora o qué estaba haciendo, para ponerlo a hablar. Recuerdo las risas de los muchachos repitiendo las historias del viejo en sus casas y diciendo que eran demasiado buenas para ser ciertas.

Según lo que contaba, Gilberto había tenido una vida apasionante y llena de aventuras, en la que cada cosa conseguida, cada recuerdo que guardaba, tenía su propia historia cargada de peligros, encuentros y desencuentros, desenlaces inesperados. Era todo un cuentero. Lo malo era lo difícil de encontrar el punto final a sus relatos, entonces todos optaban por despedirse sin escucharlo terminar o empezar otra historia. Pero Gilberto igual acababa sus relatos contándoselos al perro o a las gallinas. Mi hermana y yo nos escondíamos a reírnos de él detrás de los costales repletos de naranjas hasta que María nos pellizcaba pensando que queríamos estropearlas.

Juan sólo tenía un ojo y usaba lentes muy gruesos con marco verde. Nunca lo vi sin sombrero y tampoco le conocí novia. Tenía unos treinta años cuando le hacía ojitos a mi mamá y ella le correspondía. Su vida fue siempre la tierra; en la casa de los Correa era el responsable de los cultivos y, aunque a regañadientes, era el que armaba las encomiendas que se llevaban los visitantes. Después de muerta Mercedes fue él quien tomó la decisión de hacer una casa nueva, de ladrillo, al lado de la casa vieja de bahareque que estaba a punto de caerse.

Juan miraba como sin mirar y era demasiado evidente que no le gustaban las visitas porque, según él, le secaban el palo de mango, le dañaban la huerta, jugaban con la cría de la gallina, montaban los caballos, se bañaban en el tanque de lavar el café. Y sí, las visitas hacían todo eso, pero luego ya no hubo más pollitos con qué jugar y el caballo que Juan tenía para ir al pueblo sólo se dejaba montar por él. El tanque también se llenó de musgo y hojas secas y el huerto apenas si tenía hierbas que María decía servían para dormir.

3

Después de la muerte de Mercedes, no hubo más café ni cacao ni plátano. Apenas sobrevivían los frutales y un caballo mal encarado en el que Juan traía el mercado del pueblo los domingos, incluida la cebolla, la col y el tomate. El Polvero también dejó de ser la familia que era y las visitas a la casa de los Correa se hicieron menos frecuentes. Otros tiempos llegaron, nuevas gentes también. Y mamá ya no está para recordarnos que siempre hay que volver al lugar de los primeros amores, los primeros recuerdos, las primeras personas; el lugar de la niñez vivida en los caminos polvorientos, subidos en los palos de mango, cogiendo cebolla para los huevos revueltos de la mañana y persiguiendo gallinas a las cinco de la tarde para encerrarlas.

6 comentarios:

Andrés V. dijo...

Hola
Bien, me gusta esta especie de "bestiario" que presentas aquí, los personajes tienen relieve y hay unidad narrativa. Lo que sí me da la impresión, es que el relato pide más pista, es decir que da para alargarse más... pero bueno, eso sí es asunto de parecer.
Te mando un abrazo y espero que tus cosas sigan bien.

Patricia dijo...

Gloria: Admiro de paciencia, tu persistencia, tu disciplina en este oficio solitario a pesar de Internet.

Alexander dijo...

Hola, Gloria. Empiezo comentándote que me sentí identificado con tu historia, o mejor, con la forma de contarla, como sólo se pueden contar esas historias que tenemos grabadas para siempre, acuñadas con el cincel implacable de la niñez. Pero ese cincel es también selectivo, es precario en la ausencia de detalles o por lo menos en aquellos que suponemos importantes para construir un contexto; es muchas veces un cincel arbitrario, anecdótico, sin preocupaciones especiales por el antes y el después de los hechos, cuando los hechos que se nos quedaron y nos ayudaron a ser lo que somos, son para nosotros lo más importante, la esencia de nuestra exposición relatada. Pero no por eso dejo de reconocer que cuando así se escribe, habrá quien nos diga -casi siempre con razón- que "a esa calavera hay que sacarle más pelos", como suelen decirme en mi taller de escritores cuando no se tienen mayores peros o reparos en el relato. Siento que lo que pasa es que quedan intersticios vacíos en la siquis del lector; mentalmente, pareciera querer llenarlos con los propios recuerdos que todos tenemos de este tipo. O quizá es como asomar un poco un paisaje, volverlo a quitar y dejar antojado a quien pudo echar un fugaz vistazo. En resumen, te felicito, me gustó, pero no puedo dejar de pensar también que... "a esa calavera se le pueden sacar más pelos". Un abrazo

Gloria Estrada dijo...

Andrés. Efectivamente le falta mucho a eso que escribí recién. Le falta historia. Bacano que me lo digás. Debo trabajarle más.
Volvé siempre.

Patri. Bacano que te pasás por aquí. Este es un ejercicio que voy tomando y abandonando. Me falta mucho por aprender. Pero ahí me voy desahogando, en este oficio solitario que dices y que es, unas veces con mayor acierto que otras. Un abrazo.

Alex. Gracias por tu calidez y cercanía con las palabras puestas aquí. Vamos a ver cuánto pelo le puedo seguir sacando a esta historia (o si al contrario la historia me lo saca a mi jjj). un saludo.

DorA. dijo...

Por fin salio el relato!!! Se que llevas tiempo trabajandole y por lo que veo de los comentarios habra que seguirle trabajando. Me gusto que te animaras a publicarlo y exponerlo a tus lectores para que te ayuden a pensar, como de hecho ya lo hicieron Andres, Patricia y Alexander.
Me gusto el titulo, me trae muchos recuerdos, todos los que contas y otros. Me deja un sabor triste la forma como terminas el relato... pero no por eso me gusta menos. En este cierre tenes toda la razon. Un beso y te quiero mucho.

Gloria Estrada dijo...

Si Dorilla, tenía que ver la luz algún día, aunque fuera como un borrador. Chévere porque los amigos, como vos, ayudan a construir las historias. ...el cierre me salió de todo cariño pero también como una intento desesperado de llevarlo a alguna parte jjj
un abrazo.