viernes, 7 de agosto de 2009

¿Escribir para qué?

De repente, así como cree uno que le ataca el impulso al pintor de coger el pincel, donde quiera que esté y deteniendo cualquier actividad que ejecute, así, de repente, yo que soy una creyente de la escritura y de la lectura de todas las cosas, de cualquier cosa, aunque mejor de las buenas cosas, me pregunté ¿escribir para qué?

¿Para qué poner en el papel o en la página de Internet el pensamiento propio a través de crónicas, cuentos, ensayos, reportajes, columnas, novelas? Para qué si parece que siempre lo escrito se va por el laberinto de pensamientos individuales y se desvanece en los debates académicos, intelectuales, bohemios, costureros y de balcón. ¿Para qué más palabras? ¿Para qué más papel? ¿Para qué más ideas, reflexiones, cuestionamientos y recreación de tristes, duras y tormentosas realidades? ¿Para qué seguir escribiendo y seguir leyendo sobre la decadencia del mundo en que vivimos, los dolores que nos infringen los que tienen el poder, la difícil condición de ser humano, los males del planeta, la niña prostituta de la esquina, la privatización, las reformas tributarias que acentúan las diferencias y el hambre? ¿Para qué escribir?

Me respondo por un instante que para contribuir a recuperar la capacidad de indignarnos o para mantenerla quienes no la han perdido. No está bien que una periodista, que se ha movido más en la prensa escrita que en cualquier otro medio, se pregunte por la utilidad de la palabra que se reitera, los significados y los hechos en los que se insiste. Pero no tengo más remedio, así, de repente, que entregarme a esta sensación de que parece que no sirve escribir, al menos, para no ser tan radical, de que le falta algo a la escritura, algo que le siga cuando ésta ha sido leída. Le falta la acción. Le falta que los brazos se levanten y que las voces se escuchen. Que paren las máquinas su producción industrial y se detengan los autos en las grandes y pequeñas avenidas. Que nos tomemos, revoltosos sin armas, las salas poderosas donde se decide por nosotros. Que saquemos todo el amor del que seamos capaces para el otro, que no compremos tanto, que apaguemos el televisor, que hablemos en casa mientras cae la tarde y se cocina la cena.
Porque sólo vale la pena escribir si hay alguien para leer, ya se ha dicho. Pero sólo vale la pena lo leído si eso que se consume, esos sentidos y significados, esas historias y personajes que son comidos mientras se lee, se revuelven en el estómago, se suben a la cabeza y viajan por todo el cuerpo, causan dolor pero también regocijo, conmueven pero también mueven. Quisiera pensar que algo de eso está pasando -lento, por dentro, preparándose-, y que pronto la recompensa por lo escrito se verá manifestada en una forma más digna de vivir como humanos.

Escrito en septiembre de 2006, publicado en el periódico El Colombiano

3 comentarios:

JLRocha dijo...

La misma pregunta se hace Efraim Medina Reyes en su libro Érase una vez el amor pero tuve que matarlo

Gloria Estrada dijo...

mmm Rocha, sé de qué libro me hablas pero no lo he leído, de pronto ahora que lo dices lo incluya en mi lista de pendientes.
Gracias y un saludo.

Angus dijo...

Buen texto. :)