martes, 10 de noviembre de 2009

Infalible

Eso debe ser lo bueno:
que uno siempre
se equivoca.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Asignatura pendiente

Un cepillo de dientes nuevo, recién desempacado, color lila, marca Colgate, cerdas suaves, reposa ahora en la repisa de vidrio del baño, la cabeza cubierta para que no le caiga polvo mientras espera, paciente, una nueva línea de crema dental, un par de minutos del trabajo en el que se acaba de estrenar y una refrescante corriente de agua que lo vuelva a la vida, a su razón de ser.

lunes, 26 de octubre de 2009

Cobardía

Cuánto miedo de mí
De no saber cuándo cruzar
esa frontera
entre lo que creo y lo que puedo
entre lo duradero y lo efímero

Cuanto miedo de mí
que salgo a la calle para huir
escabullirme entre rostros que no preguntan
no saben
no les interesa

Cuánto miedo de mí
que tengo decenas de máscaras
para cubrir la soledad
la duda
la ignorancia
el desequilibrio
la incoherencia

Cuánto miedo de mí
apuntalando las ideas de otros
fabricando en el silencio otras creencias
fruto de agrios y dulces ardores

Cuánto miedo de mí
que un día paso por el filo, firme, sin cortarme
y al otro, me traspasa el horror de lado a lado

Cuánto miedo de mí
que me pregunto dónde
dónde, qué y cuándo
y que por esas mismas cuestiones
no cuido simiente
ni riego
Por la incertidumbre
Por no saber nada

sábado, 24 de octubre de 2009

Comodidad

Media docena de personas que se le aparecen a uno en la vida: una oportunidad para contarse como si uno estuviera nuevo. Y de pronto sentirse salvado.

jueves, 22 de octubre de 2009

Balance de otoño

Viejos y sospechosamente solos
torpes y abandonados.
La vida llena de las preguntas de siempre.
Como si nada hubiera pasado
como si lo vivido, todo, hubiera sido en vano.
Seremos unos por fuera, envejecidos
otros por dentro, adolescentes
¿persiguiendo qué?
¿persiguiendo aún?
Quizá sea tarde para algunas cosas
tal vez sea tiempo para otras.
Haremos el balance y algo de nosotros estará perdido.
Pero llegamos
No sabemos dónde
Llegamos
Sumando y restando
envueltos en nada
con el equipaje lleno o medio vacío.
Nuestra memoria será buena (casi siempre lo es)
condescendiente para ayudarnos a pensar con nostalgia
en otros tiempos,
con amor en nuestras decisiones.
Me pregunto cómo serán nuestros ojos
¿Qué será de nosotros en el otoño?
Un montón de pasado
¿Plenitud y madurez como en un comercial de la tele?
¿Soledad y locura como en una novela de Gabo?

miércoles, 21 de octubre de 2009

Drama en dos actos

Eran casi las diez de la noche cuando los disparos terminaron. Marleny levantó un centímetro el velo de la ventana y se fue asomando muy de a pocos para intentar adivinar cómo se movían las sombras, a dónde. El callejón apenas iluminado estaba poseído de pasos sin voces; zapatos que bajaban corriendo hacia la cañada y armas que eran ajustadas en alguna de sus partes. De dos casas más abajo, tal vez, llegaba a sus oídos el murmullo de los personajes de la telenovela: disparos con música de fondo, anuncios comerciales entre una contienda y otra; disparos también de amores convenientes, amores no amores. Marleny soltó la cortinilla porque le pareció que alguien venía hacia su rancho y se escurrió, rápido, deslizándose por la pared hasta quedar, otra vez, sentada en el suelo de su sala a oscuras.

Mientras se acostumbraba al silencio devuelto, Marleny recordó a sus hijos muertos. A Weimar, Oscar y Mauricio. En la primera guerra murieron asesinados en esa misma casa a donde los fueron a buscar y ella los escondió en el baño, los negó, los cubrió de sí, de su cuerpo, de su llanto. Ellos la cubrieron con su sangre. Una costra que lleva para siempre, que no remueve. Y hoy otra vez, en esta vieja guerra que se repite, ella ha visto caer a otros hijos y ha visto estupefactas a otras madres. Ya puede ver, ahí sentada, las caras de quienes llorarán a los muertos de esta noche, a los muertos que las sombras dejaron, a los muertos de la mitad del callejón, entre El Alto y El Hueco. A los muertos de la mitad de la cancha, de esta otra noche de disparos, de esta otra guerra que viene siendo la misma.

Ya han pasado los minutos y Marleny se pone en pie y descorre el velo con más arrojo. Otras cortinas —blancas, moradas, de flores—, están haciendo ángulos empujadas por una mano tímida y unos ojos juguetones, sedientos. En el callejón ya no pasa nada. No hay sombras que se muevan ni ruidos contra el suelo. La balacera terminó y Marleny se atreve a pensar que sus vecinos saldrán en silencio, despacio, como cree que debería manifestarse la indignación, a buscar entre un recoveco y otro a los caídos. Pero no. En un segundo veloz el barrio todo parece haberse tomado el callejón en procura de un espectáculo, de un fenómeno de circo; de una herida y una posición para describir sin cautela, precisa y desordenada, a los ansiosos no testigos de la mañana siguiente.

Entre la muchedumbre, Marleny, que va llorando por los escalones, humedeciendo su costra seca, triste, no ve a Nuri su amiga, ni a las dos hijas de ella. “Las únicas sensatas en medio de todo…”, pensó. Y cambió el rumbo para ir a saludarlas. Volvió sobre otros escalones de tierra y de un salto pasó de un montón de escombros al andén improvisado que daba a la casa de su amiga. Desde ahí vio las luces encendidas y siluetas en la ventana. Le bastó acercarse un poco más para escuchar los insultos de Fabio —la pesadilla de hombre que escogió Nuri por marido e impuso a sus hijas por padrastro—, el estruendo de aparatos y cosas arrojadas por los aires; de un lado a otro de ese rancho volaban cosas, se estrellaban contra el suelo, contra la pared, contra la cara, contra las lágrimas.

En medio de esa batalla, y cansada de que también esta historia se repita y sea exactamente como la primera: como si a todos tomara por sorpresa cuando ha estado ahí siempre, Marleny dio media vuelta y asumió con desgano el camino a su casa.

viernes, 16 de octubre de 2009

En un diván

Una de las cosas que soñó ese fin de semana de noches turbulentas fue que estaba frente al estanque de una casa que no conocía y, aunque parecía que no era hondo, no quería meterse. De repente apareció ella, pasó de largo a su lado y, sin mirarlo, se metió al estanque. Se veía feliz de estar ahí. Entonces, él le seguió tímidamente el ejemplo: se metió por un costado, y cuando se dio cuenta de que el agua le llegaba a la cintura salió corriendo. ...Y ella ya no estaba más en el sueño.

jueves, 15 de octubre de 2009

Un viaje largo para nada

Soy una sombra en el medio
una luz desde atrás.
Soy una mancha en el nombre
un barco que vuelve y que va.
Soy un hijo que miente
un puñal.
Soy una promesa deleble
un no sé, un perderá.
Soy la cicatriz de un rebelde
un aguerrido cobarde.
Una lágrima, un sí, un no
un lamento
una casa derruida por la humedad.
Soy un vos que me ama
me hace feliz y ya no está.
Una carta que se guarda
un perdón que no se da.
Soy una muestra de viento
que todo lo que quiere es escapar.
Un presumido
un egoísta
que hoy, mañana,
siempre tarde,
sin huella, sin nada,
se hundirá en el mar.

martes, 13 de octubre de 2009

Una historia de verdad

Un recuerdo

Una de las cosas que yo quería cuando niña era ser cantante. Compositora e intérprete. No lo sabía
entonces con esas palabras, pero ahora sí. Creo que compuse dos canciones y ambas hablaban de una colección de tambores y de mi padre. No sé qué más decían ni qué más escribí.

Para evaluar mi capacidad histriónica yo, que era de las que casi nunca fallaba izada de la bandera en la escuela, por cualquier razón, en los homenajes, con la banderita puesta en el costado izquierdo de mi pecho plano, declamaba, accionando como indicaban las profesoras, y hacía fonomímica (¿se hace todavía?). No me acuerdo qué recité pero sí recuerdo muy bien que hice fonomímica de dos sensuales canciones de Lucía Méndez en el circo-teatro de Titiribí; y yo tenía siete, ocho, nueve años. No había curaduría de los puntos incluidos en los programas de homenaje a la bandera y por eso creo que las profesoras se llevaban una que otra sorpresa. De esas veces no recuerdo ningún aplauso ni felicitación.

Papá compró una guitarra de segunda mano y él, maestro de corazón, buscó en el pueblo un buen profesor del instrumento. Asistí emocionada a la primera clase pero la guitarra era demasiado grande para mí. Fueron sólo tres encuentros, a la salida de la escuela, y después no quise volver. Tampoco hubiera podido. El profe particular le dijo a mi papá que yo para eso no servía: las manos muy pequeñas, no tiene oído y canta horrible. Bueno, lo primero me lo dijo mi papá, lo otro lo pude suponer en ese momento y puedo sostenerlo ahora.

Sin embargo, lo mío sí era el mundo del espectáculo, los escenarios, las tarimas, el público aplaudiendo, aclamando; el reconocimiento en las calles. Eso seguía siendo yo a los siete, ocho, nueve años. Papá, que me enseñó (y ya olvidé) las tablas de multiplicar juntando un dedo con otro, contando dedos, de la manera más sencilla y para el momento inolvidable, papá me mostró también cómo era el maravilloso arte de los trucos matemáticos y con las cartas del naipe, y a mi hermana menor, el misterioso mundo del hipnotismo.

En otro teatro de ese pueblo que acabó siendo el nuestro, nos presentamos varias veces. Es una lástima que no recuerde cómo nos anunciaban. “¿El profesor Ignacio y las niñas Estrada?” “¿El show de la familia Estrada?” “¿Las niñas magas?”. En fin, ninguno de los tres lo recuerda. Pero éramos un éxito. Adonde quiera que íbamos nos pedían un truco: “no, sólo cuando nos presentamos, en la calle no”. Papá también nos entrenó con otra respuesta: “no, los trucos no se repiten enseguida”.

Papá hipnotizaba gallinas. De hecho, las dormía. La presentación de mi hermana era anunciada como hipnotismo pero realmente lo que hacía era relajación. Como mi papá, ella inducía a su víctima a un sueño profundo en el que sólo despertaba con una clave de sonido: el tronar de unos dedos o un toque de palmas. Pero no ponían a nadie a hacer cosas raras o estrambóticas o algo por el estilo. El voluntario persona despertaba y la gallina obligada también y los aplausos estallaban.

Lo mío con papá eran las cartas y los números. Yo adivinaba la edad de una persona después de hacerle dar vueltas con varias operaciones matemáticas; adivinaba la carta que alguien del público había tomado mientras yo tenía los ojos vendados, adivinaba un número que algún desconocido estuviera pensando.

Era fácil entonces. Con papá practicábamos y practicábamos. Repetíamos, con paciencia él, con desespero nosotras. Aunque intentó que ambas aprendiéramos las mismas cosas, no demoró en percatarse de que éramos muy distintas. Ahí fue cuando concentró el asunto del hipnotismo en Dora y el tema numérico en mí.

Sé que en el espectáculo papá le ponía todo el misterio, el suspenso, el discurso o “carreta” como decimos aquí. La tensión que se necesita para generar expectativa sobre cada nueva sorpresa que se venía con nosotras. Ahí, pequeñitas, un tanto tímidas y un tanto temerarias. Valientes como quizá después no hemos vuelto a ser en muchas cosas que lo demandan.

Lo había olvidado, sí: adivinada la edad, la carta tomada, la cifra pensada, y venía lo que yo temerosamente anhelaba: el estruendo de los aplausos.

Y los tres hacíamos la venia tomados de la mano, con cariño y emoción. Ahí, en ese instante, estaba todo mi mundo conquistado, a los siete, ocho, nueve años: mi familia, un pequeño gran talento y una fama inusitada.

lunes, 5 de octubre de 2009

Aguas del sur

En el cruce de lagos, entre Puerto Varas, Chile, y Bariloche, Argentina. Una sobredosis de azules y verdes.

Tomadas el 31 de diciembre de 2004.

jueves, 1 de octubre de 2009

La marea

¿Y qué si uno no sabe para dónde va ni dónde lo esperan?
¿Y qué si de verdad querer no es poder?
Si aún pudiendo uno no tiene claro qué es lo que quiere.
Las puertas se cerraron
con mi mano, con las de otros.
Y sí, se abrirán más y otras permanecerán cerradas.
Alguien tocará incansable. ¿Yo? Muchas veces.
¿Y qué?
Estoy cansada: entro, merodeo
salgo corriendo o me hacen ir.

Sueño que me espera la marea
en una
playa no muy lejana
musical.
Para sacudirme el sentimiento insano
de querer y no
de poder y no.


(¿estarás vos allá, con ella?)

martes, 29 de septiembre de 2009

Sofocante

Se me ocurre
Es martes. Son las tres de la tarde. El informe climático dice que estamos a 32 grados centígrados en la ciudad de Medellín. Posiblemente se nuble en una hora, anuncia el pronóstico. Estoy en casa, trabajando un poco; sólo un poco. Tengo sueño: dormí anoche tres horas, no tomé café a primera hora de la mañana y me arrulla el bochorno. Para contrarrestar tengo los pies metidos en un balde con agua fría: un alivio.

El cuerpo agradece. Sin embargo, el alma (esa cosa que tenemos por dentro llena de todas esas otras cosas sin forma, sin tamaño, sin nombre) la tengo en un sofoco permanente. En un infierno que no puedo apagar a punta de agua. Aunque ya la tengo ocupada con asuntos de orden personal, me empeño en agobiarla con información de otras órbitas. Hoy, de manera especial, le tengo una lista de imágenes de una ciudad en la que a veces me siento atrapada, de la que a veces me siento cansada; en la que siento que grita alguien y nadie escucha; en la que veo que celebra otro y nadie comparte; una ciudad profundamente sola, profundamente engañada.

...En realidad sólo se me iba a ocurrir decir que hay tantas ciudades como personas, como familias, como calles, como barrios. Que hace semanas vi repartir armas, como dulces, al jefe de una banda de barrio, entre chicos con edades de los diez a los diecisiete años. Para defender dos manzanas, que más bien serían como otra fruta deforme, en estas lomas invadidas de Medellín. Otros niños dos cuadras arriba también recibieron dotación y municiones. Todos los días hay muerto. El jefe dijo, bien pronunciado y para que todos escucharan: “Esto es entre nosotros, pero en la guerra siempre cae gente inocente”.

En ese barrio que digo, que es cualquier barrio, que es todos los barrios, vive una parte de mi familia. Mis primos, que son trabajadores, salen todos los días falda abajo a ganarse la vida en la microempresa de estampados que tratan de sostener hace varios años en el sur de la ciudad. Una de mis primas no puede subir donde otra tía porque fue novia de un desmovilizado de las autodefensas. Ya le advirtieron.

Son sólo ejemplos, mis ejemplos, de unas historias que se repiten sin cesar, que me sofocan y me irritan. Llamas que me queman por dentro mientras escribo en casa con los pies metidos en un balde de agua fría para refrescarme.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Un lugar llamado El Polvero

Un relato (?)

1

Mercedes Gutiérrez llegó al sitio conocido como Morrón, a orillas del río Cauca, cuando tenía siete años. Sus padres la dejaron al cuidado de los dueños de una de las primeras haciendas que hubo en la zona, colonos caldenses que tuvieron las mejores tierras y el mejor ganado. Mercedes ayudaría en los quehaceres y se ganaría el estudio y la comida. Una ilusión. La verdad fue que tuvo más trabajo del que una pequeña de su edad podía hacer y nunca conoció la escuela. Se crió con los mayordomos y no volvió a saber de sus padres, una mujer enferma y débil de espíritu que siempre se doblegó a los deseos de su esposo, y un hombre miserable que regó hijos por toda la región.

La pequeña Mercedes aprendió a vengarse de su destino disolviendo mocos y babas en las comidas que servía, pasándose los panes del desayuno de los hacendados por su vagina mojada de orín e importunando con ruidos de pasos y voces los libidinosos encuentros de un cura de la familia que en las visitas de cada mes se acostaba con una prima lejana.

Así, en medio de pilatunas que sólo ella sabía, de regaños y palmadas de la vieja que la crió, y con las manos llenas de callos cumplió Mercedes sus quince años, se enamoró de Eliécer Correa y empezó a dar a luz a sus diez hijos.

Eliécer tenía veinticinco años cuando la encontró en la loma untándose la leche de una hoja morada que le habían dicho que servía para quitarse las verrugas de los pies. Sin decirle nada, la arrinconó contra una roca y la hizo suya sin ningún esfuerzo, mirándola a los ojos mientras su espalda se ponía roja con las hojas que Mercedes sudorosa le frotaba con las manos. Ella no tuvo que pensarlo mucho para empacar sus cosas y subir falda arriba con un hombre que le llevaba diez años y que tenía una merecida fama de vividor y mujeriego. Eliécer se la llevó para su casa arriba en El Polvero, donde el sol no sofocaba tanto.

Eliécer era el último de una familia de siete hijos que se habían ido uno tras otro a poblar otras tierras. El patriarca, don Tulio Correa Sánchez, viudo, acabado ya y con más de ochenta años, pareció no darse cuenta de la llegada de Mercedes. A ella poco le importó que su suegro no diera muestras siquiera de desagrado cuando soltó su caja de cartón llena de ropa, la abrió desatando la cabuya y empezó a colgar sus vestidos en el armario.

2

Desde El Polvero se divisaba el amanecer sobre el río Cauca como en una postal. Las haciendas a cada lado de la corriente parecían aldeas de un pequeño pesebre vistas desde allá arriba. La casa de los Correa, en la que Mercedes y Eliécer levantaron a seis hijos y vieron morir a cuatro de ellos cuando acababan de nacer, quedaba en una de las mejores planicies del sitio; muy cerca de la tienda y del paradero del único y destartalado carro que hacía, una vez al día, la ruta de cuarenta kilómetros entre la vereda y la cabecera del pueblo.

La pequeña finca de los Correa tenía banano, plátano, café, naranja, mandarina, mango, guama, cacao y maíz. Tenían también gallinas, tres caballos y alguna vez tuvieron una vaca. Recuerdo lo que más me gustaba: el huerto lleno de cebollas, coles y tomates pequeñitos. En El Polvero ellos eran los campesinos que mejor comían, tenían televisor y en diciembre armaban un árbol grande de navidad. Nosotros éramos felices allá en vacaciones. Mi hermana, más arriesgada que yo, montaba los caballos mientras yo me echaba a rodar por la pendiente. Después nos íbamos para el cacaotal a jugar a que recogíamos la cosecha, y la dejábamos en el suelo. Por la noche, caían sobre mi mamá los reclamos por el cacao verde encontrado en el terreno.

En sus regaños, mamá solía decirnos que había sido por nuestra culpa que la vieja Mercedes había perdido la vista. A veces se le olvidaba la mentira y decía que al que le habíamos sacado un ojo había sido a Juan, el hijo de la vieja. Nosotros siempre dudábamos, otras veces nos daba miedo, otras apenas si le hacíamos caso. Pero cuando estábamos allá de visita, en El Polvero, en la casa de los Correa, mi hermana se apresuraba a preguntarles si era cierto. Apenas se reían socarronamente. La vieja no decía nada, se corría el cabello largo y blanco que le picaba en la cara y seguía desgranando mazorcas. La recuerdo así: siempre pelando, desgranando y pilando maíz; y siempre con un delantal rosado con una pequeña flor bordada en el único bolsillo. Cada año, cuando la visitábamos, mamá nos invitaba a acercarnos a ella para que nos tocara. Año tras año nos encontraba más grandes y preguntaba sin interés en qué grado estábamos.

No recuerdo cuándo y de qué murió la vieja Mercedes, sólo sé que en unas vacaciones de la escuela, en las que volvimos a la casa de techo de bahareque y piso de madera, no había quién nos midiera tocándonos la cabeza. Quedaban solamente los tres hijos solterones que la habían acompañado hasta el final, un gato sucio, la polilla que se comía todo, un rastrojo que invadía la casa y la cara trastornada de María, la menor de la familia, que apenas pasaba de los treinta años, pero que siempre se había visto vieja de tragarse el humo de la leña haciendo de comer para todos.

María ya estaba loca cuando murió la vieja. Andaba todo el día con una escoba hecha de ramas, hablando aunque fuera sola y echando gallinas que le sacaban el maíz cocido de la cocina. Mamá decía, pensando que no escuchábamos, que María seguro era señorita, que con esa chifladura era improbable que hubiera conocido hombre. La vi vestida de domingo, sin sus botas pantaneras y muy perfumada, un Viernes Santo en que mamá nos llevó a la procesión en el pueblo. Se había untado labial en los pómulos y se había hecho un moño en la cabeza. Recuerdo su pequeña joroba y la mueca extraña que era su risa.

Con María vivieron siempre sus dos hermanos. El mayor de todos, Gilberto, y el benjamín, Juan.

Gilberto era la diversión de la casa en donde hacían estación los trabajadores que subían la pendiente desde orillas del río Cauca hasta la pequeña meseta de la vereda, El Polvero. Los campesinos, con sus machetes al cinto y olorosos a sudor, paraban siempre en la casa de los Correa a las cinco de la tarde, antes de regresar a casa, a tomar el guarapo de María y a escuchar las historias increíbles que narraba el viejo Gilberto. Ellos sabían que a él bastaba con preguntarle cualquier cosa, la hora o qué estaba haciendo, para ponerlo a hablar. Recuerdo las risas de los muchachos repitiendo las historias del viejo en sus casas y diciendo que eran demasiado buenas para ser ciertas.

Según lo que contaba, Gilberto había tenido una vida apasionante y llena de aventuras, en la que cada cosa conseguida, cada recuerdo que guardaba, tenía su propia historia cargada de peligros, encuentros y desencuentros, desenlaces inesperados. Era todo un cuentero. Lo malo era lo difícil de encontrar el punto final a sus relatos, entonces todos optaban por despedirse sin escucharlo terminar o empezar otra historia. Pero Gilberto igual acababa sus relatos contándoselos al perro o a las gallinas. Mi hermana y yo nos escondíamos a reírnos de él detrás de los costales repletos de naranjas hasta que María nos pellizcaba pensando que queríamos estropearlas.

Juan sólo tenía un ojo y usaba lentes muy gruesos con marco verde. Nunca lo vi sin sombrero y tampoco le conocí novia. Tenía unos treinta años cuando le hacía ojitos a mi mamá y ella le correspondía. Su vida fue siempre la tierra; en la casa de los Correa era el responsable de los cultivos y, aunque a regañadientes, era el que armaba las encomiendas que se llevaban los visitantes. Después de muerta Mercedes fue él quien tomó la decisión de hacer una casa nueva, de ladrillo, al lado de la casa vieja de bahareque que estaba a punto de caerse.

Juan miraba como sin mirar y era demasiado evidente que no le gustaban las visitas porque, según él, le secaban el palo de mango, le dañaban la huerta, jugaban con la cría de la gallina, montaban los caballos, se bañaban en el tanque de lavar el café. Y sí, las visitas hacían todo eso, pero luego ya no hubo más pollitos con qué jugar y el caballo que Juan tenía para ir al pueblo sólo se dejaba montar por él. El tanque también se llenó de musgo y hojas secas y el huerto apenas si tenía hierbas que María decía servían para dormir.

3

Después de la muerte de Mercedes, no hubo más café ni cacao ni plátano. Apenas sobrevivían los frutales y un caballo mal encarado en el que Juan traía el mercado del pueblo los domingos, incluida la cebolla, la col y el tomate. El Polvero también dejó de ser la familia que era y las visitas a la casa de los Correa se hicieron menos frecuentes. Otros tiempos llegaron, nuevas gentes también. Y mamá ya no está para recordarnos que siempre hay que volver al lugar de los primeros amores, los primeros recuerdos, las primeras personas; el lugar de la niñez vivida en los caminos polvorientos, subidos en los palos de mango, cogiendo cebolla para los huevos revueltos de la mañana y persiguiendo gallinas a las cinco de la tarde para encerrarlas.

martes, 22 de septiembre de 2009

Dos

Me estaba hablando sin parar de lo bueno que había pasado durante sus años de universitario, de las rumbas, del ron, de las viejas. Bueno, no sé de qué más. Yo me perdí, estaba pensando en otra cosa, mejor, en otra persona. Mientras José hablaba sin fin yo me puse a pensar en Manuel, en qué pasaría si entrara ahora por esa puerta giratoria del hall del hotel con alguna mujer de la mano. Me preguntaba si se acercaría a mí como lo hace siempre que nos vemos, que me coge la cara entre las manos y me da un beso con ganas en la boca.

Volverás a las palabras perdidas


Ayer tuve ganas de volver a escribir.

Eran las doce del día y acababa de pararme de la cama. Recordé que tengo entre manos una historia vieja, llena de datos, con personajes fuertes y mucha acción. Hace tiempo que dejé de escribir y me dediqué a la bohemia, a la vida errante como dicen entre dientes mis cuñadas. Estoy llegando a los cuarenta y en los últimos dos años me he bebido todo el licor que dejé de tomarme durante los siete que estuve casado. Perdido. Y ayer de repente, tal vez porque no desperté con resaca, sentí que quería escribir esa historia de una vez por todas, la historia del fratricidio en la familia de los Correa, vecinos de la vereda donde se enamoraron mis padres.

Después de mucho tiempo de mantenerlo con llave, entré al cuarto destinado a la biblioteca. Pasé por alto la sensación de no haber visitado antes esta parte de la casa y me senté frente al computador apagado con ganas de inventar una excusa para no encenderlo. Pasé los dedos por encima del monitor y me fastidió el polvo. Saqué el teclado. Cuánto tiempo. Desconectado. Me decidí: conecté cables y presioné el botón de encendido.

Mientras cargaba, fui por un resto de cigarrillo que dejé la noche anterior en la cocina. Lo encendí, un par de chupadas y se acabó. El aparato todavía estaba arrancando, dándome tiempo para pensar en algo y desistir. Empecé a buscar unos apuntes para el relato. En vano. No sé en qué momento la mesa y los estantes se convirtieron en monstruos impenetrables con libros ocultos tras otros libros, revistas viejas sobre las menos viejas, lomos invertidos, cubiertas con marcas de vasos, ceniza de cigarrillo por todas partes… si nunca entré, o no recuerdo haber entrado en meses. Sin embargo, en mi casa hace mucho rato que entran y salen amigos sobrios y borrachos, a cualquier hora del día, cualquier día.

Ahí estábamos. Frente a frente. El archivo abierto por última vez el 13 de diciembre de 2006 y yo. Leí lo que había escrito, algunos párrafos terminados, muchas líneas de sugerencias, pedazos resaltados y una lista al final de los personajes y su hoja de vida. Qué pereza, pensé, este cuento no tiene salvación, ¿por qué me dio por escribir hoy? Abrí un nuevo documento. Opté por teclear palabras sobre la pantalla blanca. Un ataque de locura. Brotaron palabras, de mi cabeza, de mis manos; las deposité todas sin compasión aquí en la pantalla. Muchas. Ahí, juntas, no tenían sentido. Yo no tenía nada qué escribir pero estaba escribiendo. No supe bien lo que hacía hasta que, como despertando, me detuve. Me paré de la silla.

Eran las dos y veinticinco de la tarde en el reloj de la cocina. Saqué agua de la nevera, bebí y volví a enfrentarme al computador. Escribí más palabras sin parar. Palabras que recordaba, que me sabía, que había escuchado, que no sabía qué significaban o cómo era su ortografía. Era como una diáspora. Palabras enloquecidas. Yo como enloquecido. Volví a parar y el reloj me decía que eran las tres y cuarto.

El texto no tenía sentido. Lo que tenía ante mí era un reguero de palabras, arrojadas. Me dolieron todas, cada una de ellas, tiradas allí. Sin dueño, sin sentido. Burladas, tristes, desconectadas. Negras. Perdidas sobre el fondo blanco. Me dolió de verdad verlas desperdiciadas, gastadas, abusadas, violentadas. Me sentí culpable. Culpable del delito de escribir así.

Ayer perdí las ganas de volver a escribir.

Eran casi las cuatro de la tarde y acababa de pararme del escritorio. Recordé que para anoche tenía entre manos un posible desenlace erótico en mi vida real, con Yamile, un personaje fuerte que me presentaron hace poco unos amigos y que parecía vivir en acción. Hace tiempo que necesito una mujer que me acompañe, que me rescate de la bohemia y me devuelva a casa. Estoy llegando a los cuarenta y en los últimos años no he vivido ni una sola historia que merezca ser contada. Tendría que escribir de borracheras sin deleite y conversaciones olvidadas. Palabras perdidas. Palabras como éstas.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Córdoba: el arco iris de Puerto Berrío

Con un espíritu y una vida pintados de colores, en tonalidades claras y oscuras, este artesano de ataúdes, hace parte del pasado, del presente, de las historias de vida y muerte del municipio de Puerto Berrío, en el Magdalena Medio antioqueño.

Una crónica

"Se venden ataúdes a precios faborables (sic) Desde $90.000" Anuncia el tablero en la fachada verde, con zócalo mostaza y dintel café. Arriba de la puerta: "Artesanías Córdoba: el hijo del pueblo".

Y Córdoba, con sombrero beige, cabello y bigote blancos, camisa rosada, pantalón verde y zapatos blancos, está sentado, con sus 73 años que parecen 50, en una butaca de madera que él mismo hizo.

"El nombre completo mío es, espere pues yo le cuento", señala el cuaderno de notas para que todavía no escriba, "Gilberto Córdoba Jaramillo, y así me firmo yo. Pero cuando tenía como 25 años fui a sacar una fe de bautismo y me dijeron que yo era 'de Jesús'. Yo no sabía, yo no me llamo Gilberto de Jesús".

Pocos en el municipio de Puerto Berrío, donde vive hace siete décadas, saben esa historia. Pocos saben siquiera el nombre completo de Córdoba.

"Nosotros le decíamos 'Zapato Blanco', por bailarín", interviene un vecino atraído por la grabadora. "Se mantenía bailando en las discotecas y uno iba no más que a ver cómo bailaba. Ni los muchachos sabían hacer los pasos que él hacía". Se queda serio y enfatiza moviendo la cabeza, el vecino que se va.

"Pero yo todavía bailo", se apresura Córdoba. Afirma que hace la "tijereta", esa figura en la que el bailarín o acróbata abre sus piernas hasta quedar en una larga línea horizontal sobre el piso. "La hacía mucho antes, lo que pasa es que ahora está uno como enfermo".

Sin embargo, de vez en cuando y después de su jornada de trabajo como carpintero, Córdoba se va para "El centavo menos", un bailadero ubicado por los lados del puerto y con la luz suficiente para ver a los que bailan. Porque la luz y los colores son muy importantes para este artesano quien asegura que "esos ataúdes negros son como muy muertos, yo más bien los hago grises con algún bisel amarillo".

"Primero, muchas veces me copiaba los diseños de los ataúdes que traían de Medellín para las funerarias. Pero ya no. Ya yo hago lo que me parece bonito y bueno, los pinto a mi manera y los termino a mi manera", dice.

Córdoba aprendió el oficio de carpintero cuando tenía 13 años y desde entonces vive de hacer puertas, ventanas, escaparates y, en los últimos años, sólo ataúdes. "La madera para hacer los ataúdes es más barata y además ya no me quedan muchas fuerzas para hacer tanta cosa", explica.

Había llegado a Puerto Berrío cuando apenas tenía unos cuatro o cinco años, no recuerda. Venía con sus dos hermanos y sus padres a comienzos de la década de los treintas del siglo pasado, proveniente del municipio de Remedios, región nordeste de Antioquia.

Por aquellos años ya Puerto Berrío se consolidaba como un importante centro regional donde convergían el transporte fluvial por el río Magdalena, el terrestre por la vía Medellín-Puerto Berrío y el ferroviario pues el Ferrocarril de Antioquia tenía allí su principal estación.

"Vinimos al entierro de un familiar y nos quedamos. Mi papá trabajaba en el campo y nosotros íbamos a la escuela". Pero las necesidades económicas lo hicieron dejar las aulas para dedicarse al trabajo. La pala y el azadón nunca le gustaron. Prefirió usar las manos para fabricar cosas.

La artesanía de ataúdes es su medio de subsistencia a pesar de la competencia que libra con las grandes funerarias del municipio. "Yo soy un humilde artesano. Estos ataúdes son hechos sin maquinaria de ningún tipo, ahí está la diferencia porque yo no hago producciones en serie".

Otros tiempos

"Hace mucho tiempo me fui con un amigo para Magangué (departamento de Bolívar) dizque porque allá me iba mejor con los ataúdes. Pero nada, ese pueblo estaba como muerto y me tocó venirme para Barranca (Barrancabermeja, Santander) donde estuve como un año. Tampoco me gustó ni tuve mucha suerte y me regresé para Berrío", cuenta Córdoba.

"Éste es un pueblo muy bueno, aunque tuvo sus épocas malas". Córdoba recuerda la "primera violencia", en los años cincuentas cuando sus ataúdes y servicios funerarios fueron tan bien recibidos por aquellos que alcanzaban a rescatar del río Magdalena los cuerpos muertos de sus familiares y amigos.

Así que no fue sólo por negocio que Córdoba se fue de Puerto Berrío por un tiempo. A mediados del siglo pasado, al municipio le tocó padecer la época de la violencia política que empezó en el país en 1948 tras la muerte del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán. Puerto Berrío, como muchas otras localidades en Colombia, fue un triste escenario de la lucha entre liberales y conservadores.

En la actualidad Puerto Berrío vive un ambiente muy distinto. Y Córdoba confiesa que a veces hasta extraña aquellas épocas difíciles, de incertidumbre, de muerte.

Sin embargo, hoy y siempre este hijo del pueblo ha vivido de la venta de ataúdes con precios que ahora oscilan entre los 90 y los 150 mil pesos y que incluyen la prestación de los cristos y los candeleros que acompañan el féretro. “La gente sólo tiene que conseguir el transporte”, dice.

En la base

Por aquella misma época, a Córdoba le tocó el Puerto Berrío de barcos, de puerto, de punto terminal, antes de la inauguración del puente monumental que desde 1961 une al municipio con el vecino departamento de Santander. “Todos en los barcos se vestían con trajes blancos, de pies a cabeza, los hombres y las mujeres”, recuerda.

Tan ligado como ha estado a la música, este artesano recuerda de aquella época, los años cincuentas, cuando era un joven todavía, que en los barcos siempre había un grupo de músicos y él se iba para el puerto a esperarlos para pagarles cinco centavos y que lo dejaran bailar. “Eso eran una cinco galletas las que uno podía comprar con esos cinco centavos, pero yo me los bailaba”.

Después vendría el puente. Córdoba trabajó en la construcción de esa obra que hoy es reconocida como uno de los monumentos representativos de la localidad..

“Yo trabajé haciendo las formaletas”, dice sin ninguna pretensión, como si no hubiese hecho un aporte esencial en las bases de esa gran obra.

“Puerto Berrío cambió mucho con ese puente”, relata. “El municipio dejó de ser terminal y se convirtió en un municipio de paso. Primero los circos se quedaban aquí, todos, los más famosos. El Ataire, por ejemplo. Eran circos muy buenos”, recuerda con nostalgia, mueve las manos, Córdoba, peinándose el cabello blanco por debajo del sombrero.

Corre la butaca de madera porque ha empezado a llover. Entra a la carpintería que es también su casa. Y es todo lo que se puede ver desde afuera: el salón de trabajo con tres ataúdes en proceso, en las paredes recortes de periódico, con marco de madera, donde han publicado sobre él y, al fondo, la habitación con una cama, un televisor, un ventilador y un radio. Y descubre detrás de unas tablas entre el salón y la habitación, el lugar donde cocina.

“Para mí solo apenas es. Ahí me preparo los tres golpes”, mira el fogón de una sola parrilla, se queda serio y dice “¿qué más?”.

No más. Cerrado el cuaderno de notas, no queda más que mirar cómo cae la llovizna desde la fachada multicolor, en una cuadra llena también de colores, de los claroscuros de Puerto Berrío, de antes y ahora, de circos y muerte, de llantos y bailes, de música y nostalgia. Mientras, Córdoba sigue buscando la manera de pintarlo todo, de combinar los colores, que tanto le gustan, en los ataúdes que vende.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Brisa marina


Vida cotidiana a la orilla del mar y en la histórica
ciudad de Ilheus, estado de Bahía (Brasil)
Fotos tomadas en 2007

lunes, 7 de septiembre de 2009

Una promesa

Se me ocurre

Hoy, cuando termine el día, no voy a hacer preguntas ni a calificar nada. No voy a proponer nada. Voy a acostarme sobre la espalda y levantar los pies contra la pared de mi cuarto. Voy a mirar alternadamente mis pies, la pared, el bombillo, el techo; el bombillo, la pared, mis pies. Voy a pensar en que tengo que cortarme la uñas, que nunca me he hecho un (¿una?) pedicure, que mi dedo largo no es tan largo como me dijeron. Voy a pensar que va siendo hora de pintar de nuevo, tal vez con otro tono, tal vez otro pintor. Voy a felicitarme por la caperuza que le puse a la bombilla y a detenerme en cada rayito de luz que sale por su tejido. Voy a sentirme alegre por tener un techo de tablilla, que refresca y acoge. Voy a abstraerme. No voy a escuchar ni oler. Voy a quedarme callada mientras la noche se expande y cubre todo; cubre las calles y las montañas, las palabras y las promesas, los dolores de siempre, las luchas y el hambre, otros disparos y otras batallas. La ceguera eterna. Eso es. Hoy, cuando termine el día, no voy a hacerme preguntas ni a preocuparme por nada. No voy a llorar por lo que ya fue, por lo que no ha sido, porque el mundo es así. Voy a hipnotizarme hasta quedar sumida en el artificio de que no estoy cansada de casi todo.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Estorbo

Una piedra en el zapato nuevo me está molestando
Adivino que tiene forma de triángulo porque me chuza.
A ratos se mete entre los dedos
A ratos se mete de lleno en la planta del pie.
Otras veces la olvido, justo cuando podría sacármela.
La siento otra vez cuando voy por la calle
y no hay lugar donde pueda quitarme el zapato nuevo.
Creo que hoy tendré que convivir con ella
Hasta hace parte de mí.
¿La extrañaré mañana
después de que esta noche revise mi zapato
y la sacuda bien lejos?
¿Me extrañará ella? ¿extrañará mi pie?
¿Extrañará mis dedos largos, mi olor, mi sudor?
Es cierto que no volveré a verla.
Cuando me la saque se confundirá con otras piedras,
Se irá con ellas y dejará de molestarme.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Estríper

Aunque les inquietaba su atuendo, estaban esperando que se desnudara. Estaba despeinada, sin maquillaje. El cabello recogido, lentes con marco grueso y oscuro. El vestido negro dejaba sospechar una silueta bien formada. Su corto grito agudo, no de miedo sino como de ahogo, de volver a nacer, y su cara de cansancio cuando pudo emerger del pastel gigante, hicieron que la emoción del primer instante se frenara y los once hombres se miraran entre sí, preguntándose. Un suspiro profundo y ella volvió a internarse en esa cosa blanca y roja de cartón que la contenía. Ellos ya no la veían. En sus cabezas sí. Se imaginaban un largo cabello negro lacio al viento, unos labios gruesos entreabiertos de rojo encendido, una blanca piel tersa sin cicatrices dando forma a un generoso cuerpo lascivo. El ensueño, como el silencio expectante, se rompió junto con el artefacto de cartón que simulaba un pastel uniforme nada comestible. Ella lo desgarró con furia lanzando patadas y ayudándose de las manos, de una de las cuales le colgaba una cartera que nadie había visto. Salió de ahí y pudieron verle las piernas largas bronceadas. Fue todo lo que vieron. También la espalda cuando se giró hacia la puerta. Su número duró seis lentos pasos de caderas en vaivén, el brazo de la cartera apoyado en su cintura, mechones de un castaño cabello ondulado que fueron saliendo por la fuerza de los pasos, la mano libre que giró el pomo y jaló la puerta. Un portazo. Una mujer que se marchaba, fastidiada de despertar de sus sueños siempre en la misma parte.

martes, 1 de septiembre de 2009

Anticipación

Un relato

Esta tierra ya no me huele a nada. Yo que decía que la tierra mojada tenía un olor que no sabía nombrar pero que me llamaba a algún lado. Seguro me llamaba al origen. Qué va, me estaba llamando al destino. También me gustaba el olor de la hierba mojada, de la hierba recién cortada, de la hierba en los pies descalzos. Pero así ya no me gusta. Está encima de mí pero no la huelo, tampoco la siento. Algunas ramitas de maleza se me asoman a los lados, me hacen picar la nariz, me fastidian en los dedos. No huelen a nada. Al menos si alcanzara a morderlas o llevármelas a la boca y sentir por primera vez el sabor del pasto que alimenta a las vacas.

Ya no me gusta esta tierra pero no importa. No tendrá que gustarme y sólo tendré que soportarla por un periodo de tiempo; mientras los bichos acaban su trabajo lento y que yo siento tan ajeno. No es como pensé que sería. Nada fue como pensé que sería. Sólo una cosa siempre acerté: cuando vaticinaba algo, cuando imaginaba algo, nunca atinaba, nunca pasaba. De sólo pensarlo podía hacer que nunca sucediera. Era mi inútil e insulso poder.

El mar no me gustaba. No me convencían su olor ni la idolatría de la que gozaba. Pocas veces fui amante resuelta del mar, pero sí de la playa. Ahora me gustaría pensar que el mar está cerca. Pero yo sé que no. Mi casa quedaba lejos del mar. Mi corazón quedaba lejos del mar. Creo que me daba miedo su inmensidad, su falta de medida. Lo inabarcable. Es pretencioso el mar, me parece. No se deja admirar, tampoco se deja vivir, te saca. Nunca me gustó jugar con las olas y me parecía ridículo pelear contra ellas, oponerse a ser echado.

Los animales domésticos tampoco me gustaron. Sólo alguna raza de perros que me parecía inteligente, divertida, que sabía vivir. Aquí me gustan los gusanos. Emprenden su tarea mecánicamente, la hacen sin pausa, uno tras otro. Es su vida. No quebrantan normas porque no las tienen. Marchan por la tierra, por la vida, por los cuerpos, impávidos, satisfechos. Qué más da. Nunca van a salir de aquí, no tienen pretensiones. No tienen decepciones. Los sueños son los que nos acaban convirtiendo en una máquina de sufrimiento, en un generador de descontentos y frustraciones.

Desde muy niña debí haber aprendido la lección de que no valía la pena sembrar esperanzas donde no se pueden tomar decisiones. Una gallina que llevaron a casa y a la que mi hermana y yo bautizamos Petunia, pensando que viviría con nosotros por mucho tiempo, fue mi primera destinataria de un cariño distinto al de la familia. No la mataron el primer día porque mamá se opuso al trabajo de hacerlo. Mi papá tardó varios días en conseguir el verdugo. Pero lo consiguió. Justo cuando nosotros jugábamos a que Petunia entendía cuando la llamábamos por el nombre. Otra naturaleza nos quitó unos pollitos que no pudieron sobrevivir a la tempestad sorpresiva a pesar de los esfuerzos de mi padre por revivirlos junto a la estufa. Murió así la infantil esperanza de crecer junto a unos pollos.

Esta madera se pudre pero me gusta. Es todo lo que puedo ver. Cruje. Cada vez la veo más cerca, sobre mi cara. Siento que un pedazo de ella está sobre mi torso. Huele a bosque. El olor me recuerda otros olores. El de la panadería de un tío que era realmente el de la gran fábrica de comestibles. El olor mismo de la madera en una tienda de vinos. El olor de la universidad a árboles mojados y a frío, el lugar donde descubrí la amistad. Amigos a los que ya no podré pagarles que me acercaran a la vida, que me ayudaran a acercarme al dolor y a la indignación, a la risa, a mi misma.

Esta posición me está cansando. ¿Quién va a decirle a los vivos que preferimos que nos entierren en la posición en que solíamos quedarnos dormidos? Yo estaría más cómoda de lado o boca abajo. Sólo viví con placer boca arriba el sexo que me invadía, que me llenaba; que era lo único real ahora que pienso. Que se convertía en el momento de la verdad, el momento de la desnudez absoluta del cuerpo y del espíritu. Éste es mi suplicio. Menos mal la eternidad no existe.

Aquí me voy quedando desnuda de todo, hasta que ya no sea posible estarlo. La muerte me despoja de a pocos hasta de las memorias. Es como si los gusanos también se las estuvieran comiendo. Pasan las horas o los minutos, no sé cuánto tiempo llevo ya aquí, pasa, pasa, no importa cuán veloz o cuán lento. Pasa y yo me quedo sólo con pedazos de mis recuerdos. Quería seguir pensando en lo que viví y ya apenas tengo los recuerdos más viejos. Recuerdo un padre amoroso que me enseñó trucos matemáticos y que tenía derruidas las paredes de bareque de la casa de tanto pegar y despegar con puntillas las tablas de multiplicar. Sí. Era la casa de las tablas de multiplicar. Dos veces dos es cuatro y decirlo acertadamente cada vez que papá sorprendía equivalía a dos pesos para gastar en la escuela. Creo que me gustaba la escuela. También me gustó el colegio. No sé si me gustó la vida.

No resisto ya la falta de recuerdos completos. Ésta debe ser la muerte de verdad. La que se lleva lo que uno recuerda que fue. Seguramente también aquí encima van olvidando y la hierba crece a montones encima de mí. Hasta me parece que la puedo oler ahora que debe estar alta… creciendo al paso que borro mi último recuerdo, el de un pañuelo de no sabré nunca quién que no me dejó probar el agua salada que bajaba por las mejillas antes de llegar hasta aquí... pero sí supe que regó la tierra que ya no me gusta, la hierba que ya no soporto.

miércoles, 26 de agosto de 2009

El álbum de chocolatinas

Un relato

Lo vimos borracho, en la acera, afuera de la tienda de la esquina. Sentado; no, más bien como esparcido sobre su trasero grande. Babeando y diciendo que sí con la cabeza. Con la camisa de mangas cortas abierta en el pecho, todos los botones desabrochados.

Cambiamos de costado para escabullirnos pero pudimos haberle pasado por el frente y saludarlo: no habría sabido que éramos mamá y yo, ni nos habría visto.

—Allá está su tío, ¿no lo vio? —me dijo la niña mocosa con la que nunca jugábamos y que me tenía envidia porque yo jugaba escondidijo con los niños más lindos del barrio: mis primos.

—Boba, acaso es mi tío —le respondí entre dientes.

Seguí caminando detrás de mamá, con rabia y algo de vergüenza. Aunque yo era pequeña, tenía once años, me daba pena verlo ahí tirado cada vez que iba a visitar a mi tía. Además sabía que ella la pasaba mal cuando el esposo bebía y duraba días y noches durmiendo en la calle.

En el último pedazo de la loma sin pavimentar, que llevaba a casa de mi tía, nos encontramos con Héctor, el primo de piel oscura y ojos verdes del que todas estábamos enamoradas. Tenía catorce años y era el dueño de la sonrisa más hermosa que he visto en mi vida. Estaba parado junto al teléfono público, esperando que nosotras llegáramos.

Cuando entramos a la casa, la tía Teresa estaba con los ojos rojos, como su marido Alfonso, sólo que ella los tenía así de tanto llorar. Sonrió cuando vio a mamá y se arrojó en sus brazos. Si se dijeron algo yo no lo oí o no lo recuerdo. Me acuerdo, eso sí, de que Héctor me cogió de la mano y me llevó al corredor enfrente de su cuarto, entre el baño y la cocina, para mostrarme las laminitas de su nuevo álbum de chocolatinas.

— ¿Su papá cuándo viene? —le pregunté mientras buscábamos números y pegábamos las láminas.

—Yo no sé —dijo sin mirarme—. Pasáme la 41, que la tenés ahí, yo la pego.

Acostados en el suelo estuvimos leyendo el respaldo de las láminas antes de llenarlas de pegante. Recuerdo haber leído ahí que las secuoyas pueden vivir más de dos mil años y que la manta o la raya, o las dos, son peces aplanados y largos.

Un rato después escuchamos que la tía Albertina llegó y que la tía Teresa estaba más animada. Con mi mamá, las vimos pasar todas a la cocina y en un momento sentimos el aroma a chocolate espeso y arepa tostada con mantequilla y quesito que nos hizo dejar el álbum.

A mis tías y mi mamá las recuerdo bastante parecidas en ese tiempo. Tenían la cara pulida, con sus ojos y labios pequeños, la tez trigueña, el cabello ondulado. Sólo la tía Albertina estaba un poco pasada de kilos. Eran risueñas y joviales a pesar de lo mucho que habían sufrido desde niñas, en la vereda, cogiendo café y aguantando hambre; y luego, viviendo en los suburbios de la ciudad, trabajando como empleadas domésticas y soportando a los hombres que escogieron por esposos para sobrellevar la pobreza.

Pasado el tiempo las vuelvo a imaginar en esa cocina con piso de baldosas rojas y amarillas, la estufa de cuatro puestos y la mesa con mantel de plástico; la cocina en la que hicimos tantas natillas y sancochos en diciembres de vacaciones, novenas, juegos y primeras comuniones.

Esa tarde que trato de reconstruir estábamos allí tomando el chocolate con ellas. Aún no llegaban mis otros dos primos; Fabián, el mayor, andaba donde la novia y de Juan Carlos, el menor de todos, la tía decía que debía estar jugando fútbol en San Blas, el barrio vecino. Héctor y yo nos sentamos en el piso, a la entrada de la cocina, con el plato y la taza entre las piernas. Con las tías nos estábamos riendo del tío Eduardo que había sido tan tacaño y que una vez le dio a mi mamá cien pesos para el bus. Una historia que siempre contaban y de la que siempre nos reíamos.

— ¡Casi se arruina! —hablaban todas al tiempo.

—A duras penas me estiró la mano con la moneda como bregando a ver si yo no la alcanzaba o no se la recibía —remataba mi mamá.

En esas andábamos cuando escuchamos que se abría la reja de la entrada. Era Alfonso, el esposo de la tía Teresa. Entró caminando recostado a las paredes y cuando vio que todos nos asomamos empezó a insultarnos. A mi primo lo llamó y como él, de miedo, no quiso ir, se arrimó pasando por encima de nuestro álbum e intentó agarrarlo del brazo. Mi tía, furiosa, le ordenó que saliera de la casa si no quería tener problemas, pero él levantó lentamente el brazo como para pegarle. Mientras lo hacía las tres mujeres aprovecharon para caerle encima. Albertina, la más fuerte, lo agarró de las piernas; Teresa le cogió el brazo que había levantado y mi mamá le hizo cruzar el otro hacia la espalda.

Entonces fue emocionante. Hoy me asombro de la rabia que tenían estas tres mujeres y que alimentó su fuerza, sus ganas de desquitarse de todo el mundo representado en un borracho que le había hecho la vida imposible a una de ellas, a todas ellas.

Entre las tres, porque ni mi primo ni yo ayudamos, arrastraron a Alfonso hasta el baño, lo sentaron en el piso frío de la ducha y cerraron la puerta con llave.

Ahí se quedó hasta que oscureció y llegó mi primo Fabián que sabía controlarlo. Mientras tanto, mi mamá y mis tías se siguieron riendo de su valentía, y continuaron haciéndolo el resto de sus vidas.

Héctor y yo nunca terminamos de llenar el álbum. Ni siquiera volvimos a hablar de él después de que lo vimos destrozado debajo del lavamanos del baño.

viernes, 21 de agosto de 2009

Blanco


De vuelta por el parque Yosemite en invierno; con la compañía permanente de esa nieve, tan extraña y mágica para nosotros los habitantes del trópico.

Cristales diminutos en el aire; copos blancos en el suelo.
Yosemite, EU. Diciembre 2008

miércoles, 12 de agosto de 2009

Envidia

—“Despidamos a Mauricio, no llorando, sino como a él le hubiera gustado, como vivió su vida: con optimismo y amor. Sinceramente qué envidia de Mauricio que ya se fue de esta tierra tan llena de horror, de miedo, de violencia, de injusticia, de mentiras…”.

El sacerdote descargó el micrófono en el atril, se dirigió al centro del altar, levantó sus brazos hacia el cielo y dijo:

—“Oremos…”

viernes, 7 de agosto de 2009

¿Escribir para qué?

De repente, así como cree uno que le ataca el impulso al pintor de coger el pincel, donde quiera que esté y deteniendo cualquier actividad que ejecute, así, de repente, yo que soy una creyente de la escritura y de la lectura de todas las cosas, de cualquier cosa, aunque mejor de las buenas cosas, me pregunté ¿escribir para qué?

¿Para qué poner en el papel o en la página de Internet el pensamiento propio a través de crónicas, cuentos, ensayos, reportajes, columnas, novelas? Para qué si parece que siempre lo escrito se va por el laberinto de pensamientos individuales y se desvanece en los debates académicos, intelectuales, bohemios, costureros y de balcón. ¿Para qué más palabras? ¿Para qué más papel? ¿Para qué más ideas, reflexiones, cuestionamientos y recreación de tristes, duras y tormentosas realidades? ¿Para qué seguir escribiendo y seguir leyendo sobre la decadencia del mundo en que vivimos, los dolores que nos infringen los que tienen el poder, la difícil condición de ser humano, los males del planeta, la niña prostituta de la esquina, la privatización, las reformas tributarias que acentúan las diferencias y el hambre? ¿Para qué escribir?

Me respondo por un instante que para contribuir a recuperar la capacidad de indignarnos o para mantenerla quienes no la han perdido. No está bien que una periodista, que se ha movido más en la prensa escrita que en cualquier otro medio, se pregunte por la utilidad de la palabra que se reitera, los significados y los hechos en los que se insiste. Pero no tengo más remedio, así, de repente, que entregarme a esta sensación de que parece que no sirve escribir, al menos, para no ser tan radical, de que le falta algo a la escritura, algo que le siga cuando ésta ha sido leída. Le falta la acción. Le falta que los brazos se levanten y que las voces se escuchen. Que paren las máquinas su producción industrial y se detengan los autos en las grandes y pequeñas avenidas. Que nos tomemos, revoltosos sin armas, las salas poderosas donde se decide por nosotros. Que saquemos todo el amor del que seamos capaces para el otro, que no compremos tanto, que apaguemos el televisor, que hablemos en casa mientras cae la tarde y se cocina la cena.
Porque sólo vale la pena escribir si hay alguien para leer, ya se ha dicho. Pero sólo vale la pena lo leído si eso que se consume, esos sentidos y significados, esas historias y personajes que son comidos mientras se lee, se revuelven en el estómago, se suben a la cabeza y viajan por todo el cuerpo, causan dolor pero también regocijo, conmueven pero también mueven. Quisiera pensar que algo de eso está pasando -lento, por dentro, preparándose-, y que pronto la recompensa por lo escrito se verá manifestada en una forma más digna de vivir como humanos.

Escrito en septiembre de 2006, publicado en el periódico El Colombiano

martes, 4 de agosto de 2009

Elección

Un beso triste que se deshizo en las bocas, y las selló para decirlo todo, fue el adiós a un futuro posible juntos. Él había tomado la autopista al norte y ella tuvo que bajarse del auto.

Ya era tarde cuando intentó devolverse.

lunes, 3 de agosto de 2009

Diana

A mi prima Diana le preocupa que la deje el compañero con el que se fue a vivir hace siete meses, el que le sacó a crédito nevera y lavadora y dijo que haría hasta lo imposible por hacer pasar a Laura, de seis años, como su propia hija, para hacerla beneficiaria de su servicio de salud.

El dolor de cabeza la hace madrugar más de la cuenta; por eso tiene más tiempo para quejarse de sus desventuras. Migrañas que se repiten porque teme tener que volver a vivir sola, sin con qué darle un vaso de leche diario a su hija, viviendo del fiado y pagando a usureros dueños de una pieza con baño y mesón que le cobran cien mil pesos o más por un alquiler en estrato 1.

Si el compañero la deja, Diana volverá a tener lo que tenía antes: dos camas sencillas, un aparato de teléfono, dos ollas, dos platos y algo de ropa. Tendrá que olvidarse de las facilidades que ha tenido en los últimos meses. Ésa será una parte de su tragedia. La otra parte será aceptar que, a sus veintiocho años, sigue dando tumbos en la vida sin encontrar a un hombre que la ame por más tiempo y la valore por encima de sus sesenta kilos de peso.

Al menos ahora, por ahora, es decir, hasta diciembre, Diana tiene trabajo. Después, nadie sabe. Sobra decir que vive unos días de zozobra que apenas logra distraer viendo algo en la televisión.

Para ella, la guerra de este país y sus presuntos intentos de paz no dejan de ser un dato, a veces curioso, que se comenta de pronto, pero que no determina nada en su vida. Diana puede comentar el último carrobomba, el regaño del Presidente, lo que unos señores encontraron en el computador de un paramilitar, la inundación en algún pueblo (en cualquier pueblo), como cosas tan ajenas, tan lejanas. No son suyas esas cosas. Tampoco lo son esos asuntos que no logra entender sobre reformas tributarias, elecciones legislativas, contaminación ambiental, y tanta, pero tanta cosa, que esbozan los noticieros que ve en la noche mientras espera que, al fin, empiece la telenovela.

Pero Diana vive su telenovela y vive su noticiero. Historias del hambre, la carencia de afecto, la soledad, la pobreza, el desempleo, el desengaño, el madresolterismo, la falta de educación, la desigualdad. Es protagonista y personaje de muchas historias aunque ni siquiera lo sepa. También, mi triste Diana, es protagonista y personaje de las otras historias que no entiende, ésas que erradamente cree no le interesan o no le incumben. Ella es el ejemplo viviente de la guerra, de la especulación financiera, de la tributación desequilibrada, de los representantes puestos en el poder, del mal uso de los recursos, de la mala distribución de la tierra, de la inestabilidad laboral, de la triste cobertura en salud.

Diana no sabe, y tal vez muera sin saberlo, que todo eso que muestran en la televisión es parte de su tragedia, pero ¿cómo podría vivir también con eso?

Ahora que me llamó, Diana me dijo que su cabeza está a punto de estallar, que lleva dos noches sin dormir y que cree que su compañero está saliendo con otra mujer.

Escrito en noviembre de 2006

jueves, 30 de julio de 2009

Incurable

Quizá es hora. ¿Quién sabe cuándo es la hora? Al fin y al cabo todos siempre creen que por algún motivo van a llegar a viejos, van a morirse de viejos y van a tener tiempo de pensar en todo, de resolverlo todo.

Eso pensó Martín cuando, después de una calurosa noche de sueño intenso, se giró de costado para ponerse en pie del lado derecho de la cama. Para la buena suerte, levantarse con el pie derecho, decía desde hace quince años cuando escuchó la idea en algún programa juvenil de radio. Pero esta mañana derribó con ese pie el vaso todavía con agua que tenía sobre el tapete. Mal augurio, se dijo mientras recogía el vaso. Pero lo olvidó en cuanto se miró en el espejo del baño. Abrió la boca como en un grito callado, haciendo ejercicios de estiramiento. Se lavó la cara, se cepilló los dientes, se secó las manos; se dirigió a la cocina.

La nevera vacía. Tendría que haber ido al mercado hace como tres días pero se los pasó encerrado en casa, leyendo blogs y prensa en Internet y, a modo de descanso, haciendo crucigramas. Escarbó lo último de un frasco de café instantáneo y tomó la bebida sin azúcar.

Sentado luego en la sala, con el computador portátil sobre sus piernas, se dijo que sí, que era hora. Hora de poner en un cuadro de Excel la lista de las personas a las que querría que su familia avisara cuando él ya no esté, cuando decida morirse.

En una columna, los nombres y en las dos siguientes, los datos de contacto. No estarán los obvios, claro; será la lista de aquellos que sus padres no tendrían por qué saber que existen o que son importantes. Pondrá allí ex novias, ex amigos, ex compañeros, pero, sobre todo, navegantes naufragantes conocidos en Internet, colegas blogueros de distintas partes del mundo que se quedarán esperando sus repentinamente cortados comentarios. Hora también de poner en una lista, numerada o con viñetas, puede ser en Word, a quién deberán ser entregados sus libros, revistas, plantas, ropas, sombreros, cuadros, fotos, manillas y zapatos.

No es que Martín esté desahuciado o moribundo. Sólo es un tipo precavido y cuidadoso. Sobre todo, un tipo desocupado y solitario.

miércoles, 29 de julio de 2009

Certeza vana

Porque no estaré contigo
ni me verás llorar y reír
no despertaré a tu lado cada mañana
ni me hablarás todos los días.
Porque no sabrás qué sucede con mis cosas y mi familia
no sabrás a qué huelo
no cantaré contigo en la ducha
no te ayudaré a regar las plantas
no escucharás mis sueños ni mis dudas
no sabrás de dónde vengo ni a dónde voy
no cambiaré de sitio tus cosas
ni te pediré nada prestado
no viajaré contigo
ni te invitaré a ningún lado
no iré abrazada a ti ni me llevarás de la mano.
Porque no tendrás ninguna certeza sobre mí
ni confiarás en mí, ni creerás en mí.

Porque estarás lleno de preguntas y añoranzas
hipótesis y supuestos.
Estarás todo lleno de recuerdos
Estarás todo lleno de pasado
Porque no tendrás cómo cansarte de mí.

Por eso ahora sé que me amarás siempre.

lunes, 27 de julio de 2009

Circulando por ahí

Se me ocurre

Estoy por pensar que la vida es bastante circular.

Debe ser porque tengo 33 y se diría que, de acuerdo con los cálculos según los cuales nuestra expectativa de vida en Colombia, a 2008, es de 72 años en promedio, estoy acercándome a la mitad de mi existencia. (Nada garantizado, por supuesto). El caso es que, en distintas situaciones, he sentido que llegué a la mitad de la circunferencia y que me estoy devolviendo, por otro camino, en otra curva, pero devolviéndome al final de cuentas.

Sucede que ya son cuatro los viejos conocidos y amigos que por razones diversas han reaparecido en mi vida. Uno, novio de la secundaria, es hoy agente de tránsito y me alcanzó a ver en estos días desde un semáforo. Otro, amigo de la universidad que dejé de ver hace siete años, fue sugerido en facebook (que raramente uso) por un amigo común. Uno más, colega con el que trabajé en el 98, coincidió conmigo este fin de semana en un curso de escritura. Y otro, compañero del colegio al que había visto por última vez en diciembre de 1991, consiguió por fin con otra amiga mis números de teléfono.

Soy consciente de que es altamente probable que eso nos pase a todos en algún momento de la vida, ¿no? Pero no deja de inquietarme. Incluso porque estos reencuentros suceden justo en un momento en el que siento que también me he comenzado a despedir de otros, viejos y sostenidos, amigos con los que ya no podré caminar al mismo ritmo, que se han hecho esposos o padres de familia o que decidieron su rumbo traspasando fronteras.

No pretendo concluir nada al respecto; sólo dejar expresado el grado de afectación que me produce lo que me está ocurriendo, una emoción de seguro pasajera, placentera por un lado, penosa por el otro. Una pregunta por lo que seguirá en este camino, si a ese punto cualquiera vamos o volvemos. Una sensación agridulce mientras transito esta línea, nunca recta, no sé si curva, pero siempre ondulante, que es la vida.

jueves, 23 de julio de 2009

Números reales

Código 427.005 se levanta de la cama, estira los brazos hacia arriba con un largo bostezo. Está oscuro aún, son las cuatro de la mañana. A las cinco pasa el bus 03, a seis cuadras de su casa, para llevarlo a la fábrica. El chorro de agua fría lo acaba de despertar. Código 70.102, su compañera, se voltea boca abajo en la cama de 1,20 por 1,90 y tumba, sin darse cuenta, la almohada de 427.005 al suelo. Ella llegó de trabajar hace apenas un par de horas.

Al salir del baño, el hombre se pone la camiseta blanca y verde con letrero de su equipo favorito, un poco de loción, pantaloneta, bluyín, medias y zapatos deportivos. En la cocina calienta un poco de aguadulce y la acompaña con la última tostada que encontró en la alacena. En el refrigerador, él mismo dejó empacado el desayuno-almuerzo para llevar; lo echa en su mochila junto a la tarjeta con su número, las llaves de la casa y un delantal azul sin doblar.

427.005 baja los 75 escalones que hay desde el quinto piso donde vive hasta el portón del edificio. Camina rápido hasta la parada del bus y espera. El bus 02 pasa por el carril izquierdo, veloz y lleno de hombres y mujeres, obreros todos, números todos. Siete minutos después pasa el bus 03 y 427.005 lo aborda junto con otros dos tipos que no conoce y que llegaron en el último instante.

Media hora después, en la que ha logrado dormitar un poco, 427.005 está en una fila que empieza en el bus, continúa a lo largo de la entrada a las instalaciones de la fábrica, se junta más adelante con otras filas y forma luego una única y larga hilera de delantales azules con grandes números en la espalda que se apresta a marcar tarjeta, cruzar el portón de hierro e ingresar, cada uno, al sitio de producción que le corresponde.

427.005 alcanza a ver a lo lejos a su gran amigo 110.621, que hoy ha llegado con un nuevo corte de cabello. Era su parte de la apuesta: su equipo de fútbol perdió anoche, por eso nuestro hombre lo saluda con su mejor sonrisa de ganador.

El turno ha sido relevado y números de cinco cifras en adelante han comenzado a producir. Los números de menos de cinco dígitos ya están en casa -recibiendo alguna pensión-, enfermos, retirados o muertos. 427.005 repasa ojales de camisas hace diez años. Esta semana está en el horario de seis de la mañana a dos de la tarde. Su momento para comer comprende quince minutos y empieza a las nueve y media. Hoy ha llevado arroz, tajadas de plátano maduro y huevo cocido; en el quiosco compra una gaseosa. Traga entero junto a 110.621, quien, luego de suspender su actividad doblando cuellos, perdió dos valiosos minutos acercándose a su amigo.

El supervisor, 20.888, parece que tiene todos los años del mundo, está a punto de jubilarse, empezó barriendo las instalaciones, luego pegó botones, pasó a portero y lo devolvieron a la planta para supervisar. Despacio, se acerca a 427.005 y le dice que el jefe quiere hablarle.

307-RDA, más conocido como don Rodrigo, lo recibe reclinado en su silla forrada en cuero. Tiene una máquina de escribir, una cosedora y cientos de papeles, cartones y telas en su escritorio. La lámpara de techo sobre su cabeza titila, cualquier día se apaga del todo, y se escucha el goteo de una llave en el baño de don Rodrigo, jefe encargado de la planta, sobrino o primo lejano (no se sabe con certeza) del dueño de Confecciones ICP y Cía.

El sujeto le dice a 427.005 que sabe de su pericia como plomero, que por favor revise la llave del lavamanos, que está a punto de enloquecerlo ese ruido, que le pagará el esfuerzo.

Mientras el obrero pone un recipiente debajo del lavamanos, desenrosca la llave y examina el empaque, su jefe lo sigue, lo mira y le pregunta cómo van las cosas en la fábrica. Bien, qué más puede responder. El silencio se hace, para fortuna de ambos. 427.005 le indica que debe comprar un nuevo empaque, que éste no sirve, que él mismo lo puede conseguir en cuanto salga del trabajo e instalarlo mañana temprano. Así quedan.

427.005 termina su jornada y está subiendo las escalas a su casa pasadas las tres de la tarde. Descarga su mochila en el suelo y levanta en sus brazos a Santiago, su pequeño de dos años; mientras Camila, de seis, lo arrastra para hacer la tarea. Va a lavarse las manos primero y en el baño se encuentra con 70.102 que está peinándose, él le roza la mejilla con los labios. Ella acelera, está un poco retrasada para pasar por el banco a pagar los servicios, que vencen hoy, antes de abordar el bus 02B a las cinco en el parque del barrio. Su tarjeta debe estar marcada a las seis de la tarde, hora en la que, de delantal blanco, cabeza cubierta y envolviendo los primeros bocadillos, inicia su turno en Dulces El Pórtico S.A.

martes, 21 de julio de 2009

Mapa

Vos sos un mapa,
mi compañero de viaje
Sos un mapa físico
hidrográfico
político.

Un mapamundi
de colinas y caudales
Mapa de relieves suaves
texturas altas y bajas
lisas y ásperas
valles y mares
Mapa con fronteras y con límites.

Un mapa sos
en el que me pierdo
y me encuentro.
En el que te busco
y tu te dejas encontrar
y me enseñas tus aguas y corrientes.
Tu fuerza
tu naturaleza.
Tus líneas, rutas, paisajes
tus gentes, tus ideas.

Mapa guía sos
me invitas
me muestras
me provocas
me clarificas
me ubicas
me confundes.

Un mapa sos
por eso es extraño
amigo amante, cómplice,
compañero de viaje, mi mapa
porque ando sin vos
ando sin mapa.

martes, 14 de julio de 2009

Dos en uno

No son obras de arte ni mis fotos ni los edificios. Pero resultan curiosos.
El de arriba, el moderno de espejos, porque está dentro del otro, el antiguo, al que le demolieron sus entrañas. Está en la Plaza Santamaría de la ciudad de Valparaíso, Chile.
El de abajo porque es igualitico, sólo que más bajo, que el famoso Coltejer de Medellín. Está en la ciudad de Temuco, al sur del mismo país, y es sede de una iglesia católica.

lunes, 13 de julio de 2009

Estás lloviendo

Era una vez un hombre que llovía
que vertía de sí gotas de un agua salobre, abundante y clara.
Todos sus poros emanaban la lluvia incontrolable, vital.
Cada gota era un respiro, un suspiro, un alivio, un orgasmo.
Su torrente era toda la respiración, el fervor,
que yo sentía sobre mí, a mi lado, tras de mí.

Era una vez este hombre lluvioso bajo cuya lluvia bailé
sin miedo al catarro
sin miedo a los estragos que puede causar una corriente así.
Así de intensa, así de constante, así de alegre.

El ímpetu de su lluvia era el mar, insondable.

Era una vez un hombre que regaba con la lluvia de su cuerpo la tierra, la vida.
Cuando escampaba, este hombre, como una nube
se hacía el que ignoraba su propio torbellino
las aguas que manaban
los arroyos que corrían.

jueves, 9 de julio de 2009

Contra todo pronóstico

Michael murió y no se sabe bien por qué, aunque nuestra especie se muere todos los días, todos los segundos, por todas las razones, en todas partes. Nos matamos porque sí y porque no y de las más diversas maneras, mirá vos, sucesivas muertes físicas, morales, emocionales, mentales.

Javier, volante del Junior Fútbol Club, le propinó varios disparos a Israel, un hincha, su hincha, porque se rió de la derrota de su equipo de fútbol, porque no quedaron campeones. Pasión. Fútbol y pasión. Las versiones se contradicen, claro. Javier estaba borracho y enfiestado, pero pidió perdón, sépase. La familia ya enterró al joven con la camiseta del Junior. Lo lloraron dos niños de 12 y 8 años de edad.

P. está guardando bajo llave los doscientos ejemplares de su primer libro. Lo amenazaron. No gusta lo que dice, susurra, insinúa, grita. Aquí no hubo muertos y si los hubo se mataron solos, como los desterrados, los usurpados, los mutilados, los violados, los torturados, los sometidos… todos contra sí mismos, bajo fuego propio, casero. Entonces, ¿para qué libros? Mejor te callas, enmudeces y lloras en el cuarto de baño arrancándote el pelo… pero vivís. No te hagás matar, hijueputa.

Alexis, campeón, campeón, campeón, Argüello acaba de caer fuera del ring de este mundo, perdió esta pelea, después de 82 triunfos y 8 derrotas. Directo al pecho. Se despidió, se confesó, se excusó. “La decisión fue difícil pero ya estaba cansado de vivir con la tortura de verme prisionero en mi misma cárcel de envidia, egoísmo, falsedad y engaño(…) Me cansé de la política y la hipocresía. No quiero seguir siendo usado, otra vez.” También te matamos, caballero.

Zelaya fue expulsado de su país, quiere volver, ya no lo dejan, a pesar de que ha intentado entrar con acudientes, sus guardaespaldas, a hurtadillas, para sentarse en su silla presidencial y ponerse otra vez el sombrero. Lo apoyan hasta los que no lo quieren… tampoco les gustaría un derrocamiento ¿qué tal? Give me the power. Help me to keep the power.

G. acaba de asistir al matrimonio por conveniencia de la mujer que hasta la víspera le pidió que tuvieran sexo, sexo de despedida, sexo aplazado, sexo para matar lo que no fue. Pero G. no quería darle la mano traicionera al novio a la mañana siguiente. Más adelante, mijo; hay que esperar. Sexo para morir después.

M. sube a la terraza cuatro veces por semana a ver derretirse el hielo en un vaso de ron mientras se fuma un bareto y después de hablarle a sus plantas. Desde allí mira ventanales, avenidas, luces, dizque vidas, dizque vida. A veces se enloquece (ya casi no) y coge el teléfono, todo colino, e invita a sus amigos a juntarse porque la vida es muy bella y las cosas duras parece que se ablandan en brazos de otros. Pero que no se vayan…

...

Sí, sí, ya sé. Yo sigo aquí, contra todos los pronósticos, tengo que quedarme, para ver lo que no quiero y lo que no espero, para evitar el agobio de otros, para creer alguna cosa, para no hacer nada, por el único amor que merece consideración y por eso que dicen de la esperanza… pero, digo yo, la esperanza de pensar que existen las experiencias únicas e irrepetibles. Mentira, pura mentira.

Disculpá, pero hay que seguir dando vueltas. Dejáme rodar aunque me maree y vomite.

domingo, 5 de julio de 2009

¿Vienes, Carla?

Un cuento

—Carla, Carla.

—Háblele, ella lo está escuchando —dijo la enfermera.

—Carla…

—Suéltele la mano, se la está apretando mucho… Acaríciela, dígale algo —volvió a interceder la enfermera tomándome con suavidad el brazo.

—Carla…

Bajé el tono de voz pero la verdad es que yo no sabía qué decirle, o no tenía nada qué decirle. Le solté la mano y me sequé una lágrima. Tuve que sentarme en el sillón, al lado de la cama. La enfermera se fue, dijo que volvía. Yo me quedé mirando a Carla que parecía solamente dormida. Extendí mi mano hasta su rostro y le dije que la amaba. Esperé que reaccionara, esperé algo que sospechaba no iba a pasar pero esperé.

—Joven —me llamó la anciana que ocupaba la otra cama y giré mi cuerpo sobre la silla—, me hace el favor y llama la enfermera… es que me está doliendo mucho.

Me paré de una y salí del cuarto. No tuve que ir muy lejos pues un grupo de enfermeras departía, entre jeringas y frasquitos, en el corredor justo al frente de la puerta.

—Señoritas, hay una mujer aquí que necesita ayuda.

Todas sonrieron, menos una, la más veterana, que me tocó la espalda y dijo: —Caballero… —Y las otras soltaron la carcajada.

Me sentí ridículo mientras volvía al cuarto seguido por la enfermera y me preguntaba por qué, como es la usanza, no me había referido a ellas por su profesión; era obvio que la palabra que usé era la causante de sus risas.

—Ay siquiera vino, enfermera —hizo un movimiento brusco la anciana—, me está doliendo mucho ahí donde ustedes me pusieron la sonda.

Me desentendí del asunto y volví al sillón. Carla estaba igual, con su pelo organizado sobre la almohada, sus manos extendidas a los costados, su cabeza inclinada un poco sobre la derecha. Así, pensé, si abriera los ojos lo primero que vería sería a mí… y me diría: —Yo también te amo Cecé.

Antes ya me habían dicho así algunas personas, pero escucharlo de ella el día que nos presentaron, un año atrás, me resultó fascinante. Recién llegaba yo de España y, después de quince años de ausencia, los acentos y la pronunciación de los colombianos me enamoraba.

— ¿César Cerdán? —recuerdo que me dijo Carla riéndose—, parece un chiste Cecé.

Dos meses después ya yo me pasaba fines de semana completos en su casa, con ella y Mateo…

—Debe salir un momento por favor —me interrumpió un médico que no vi entrar y que se acercaba a la anciana del lado.

Tal vez yo estaba sonriendo con mis recuerdos porque ambos me miraron como extrañados. No dije nada, me puse de pie, rocé con mis dedos el brazo derecho de Carla y salí.


........

Unas horas antes, ese mismo día por la mañana Carla y su hijo Mateo, de cinco años, se preparaban para su salida sabatina. César había llegado muy temprano con buñuelos para el desayuno, hizo café y esperaba que la mujer y el niño se sentaran, al fin, a la mesa.

— ¿Qué tanto hacen? —gritó el hombre listo en el comedor, hojeando el catálogo que recogió de las escalas del edificio—. Otra vez tarde Mateo —César no terminó la frase, se detuvo ante la foto de unas sandalias de tacón con precio rebajado.

— ¡Es que no encuentro la toalla pequeña! —refunfuñó Carla desde la alcoba. Buscaba por enésima vez, desesperada, bajo la cama; otra vez en los cajones del armario; otra vez en el morral del niño—. Podrías ayudarme, Mateo por favor.

Pero, como siempre, Mateo andaba por las nubes. Era lo mismo cada sábado, la misma carrera de Carla con los preparativos para la clase de natación de su hijo. Esta vez faltaba la toalla y mientras su madre buscaba incansable, el niño se asomó a la ventana del cuarto persiguiendo una mariposa.

—Ven acá Mateo. No te inclines tanto, ¡Mateo! ¡Mateo!

El grito seco, corto, y un sonido que no reconoció hicieron saltar de un brinco a César, tumbar la mesa y correr al dormitorio. Desde la puerta vio a Carla petrificada; era una estatua, una estatua blanca que apenas respiraba. Tenía los brazos estirados hacia delante y los ojos puestos sobre la ventana abierta. El hombre preguntaba qué había pasado pero no había respuestas.

Lo que vio desde la ventana de ese quinto piso le dio a César la respuesta menos deseada. Mateo yacía allá abajo, silencioso, quieto. Se volvió hacia dentro, abrazó a Carla y ella reaccionó con un espasmo.

— ¡Mateo! ¿Mateo? ¡Vamos, vamos, en el camino compramos una toalla! —cogió el morral del niño, a César de la mano y bajaron juntos, corriendo, las escalas.

César sabía que tenía que decir algo, pero ¿qué, exactamente? ¿cómo? Le sudaban las manos, la frente. Carla se había quedado en blanco cuando vio que su hijo se inclinó más allá de la ventana como queriendo atrapar algo cuando estiró sus manos con apenas las rodillas sobre el borde. No pudo correr, no podía alcanzarlo. Mientras bajaba a empellones decidió que nada había pasado pero también sabía que iba para la clase de natación y en lugar de Mateo llevaba a su novio de la mano.

En el portón del edificio ya se agolpaban los vecinos. Carla se aferró a César mientras se abría paso entre la gente, gente silenciosa para ellos que sólo escuchaban aterrados sus propios latidos, su propia respiración, pero la verdad era que el lugar estaba lleno de vocecitas apagadas que corrían como el agua.

Cuando Carla vio a su hijo tendido y la sangre que lo rodeaba, se tiró sobre él, no escuchó su llanto, escuchó la sirena de una ambulancia como si la tuviera a un centímetro de sus oídos. César la obligó a pararse y la sostuvo con fuerza mientras subían a Mateo a una camilla y lo dirigían al vehículo. Intentó llevarla con él pero otra vez Carla era una piedra y un segundo después se movió para desplomarse.


........

— ¡Aquí no puede fumar señor, por Dios! ¿Cómo se le ocurre? —sobreactuado me asaltó un enfermero de delantal azul.

—Verá, el cigarrillo está apagado —iba a explicarle que en lugares así, donde se prohíbe fumar, me gusta ponerme el puro en la boca, sin encenderlo, sólo sintiendo que está ahí. Pero opté por decirle que si lo exaltaba tanto lo guardaría.

—Por favor, se evita usted la tentación de prenderlo —dijo mientras se iba pavoneándose como si estuviera en una pasarela.

Hacía rato que el médico que me echó del cuarto donde tienen a Carla se había ido, pero decidí merodear un rato por el hospital, bebí un té y ahora esperaba que alguien de la familia de ella viniera a darme noticias de su hijo Mateo.

Llevaba tiempo sin visitar una clínica, me molestaba la vulnerabilidad que nos recuerdan y me dolía pensar en los últimos días de mi madre a miles de kilómetros de su tierra y de su familia, en el frío invierno de Barcelona.

—César, qué bueno que lo encuentro hermano. Mi tía me pidió que le averiguara… ¿qué le han dicho? ¿despertó? —me dijo Luis, uno de los primos de Carla, que se acercaba resollando.

—Nada. Estos médicos me la vuelan. No han hecho nada. De vez en cuando le toman el pulso y se van. El último que la vio dijo que todo dependía de ella, que era su decisión vivir o no, despertar o no.

No sé si Luis me escuchó; estaba flirteando con una enfermera. Entonces le pregunté por Mateo.

—Eso le iba a decir también. Que ya lo trajeron. Lo tienen abajo, listo para cuando lleguen los de la funeraria —se llevó las manos a la cara, tomó un respiro, se sentó y añadió como derrotado—: Allá están todos desconsolados, ninguno se atreve a venir acá, no se escucha una mosca.

No sé cuánto tiempo nos quedamos ahí sentados, sin hablar. Viendo y no viendo pasar a médicos, enfermos y enfermeras; sintiendo ese olor a remedio; oyendo susurros y uno que otro lamento. Caí en la cuenta de que nunca le pregunté a Carla por el padre de su hijo y ella tampoco me habló de él. Son increíbles las cosas que uno llega a pensar en momentos así, en los que todo es confuso, doloroso, triste. Recordé las clases de natación a las que ya no iríamos e imaginé la falta que haría Mateo para el resto de los días de Carla. De repente me sentí de acuerdo con los médicos, era decisión de ella salir de ese estado, despertar, moverse.

—Nos vemos, Luis. Yo les aviso cualquier avance.

El primo levantó la vista y me hizo adiós con la mano.

Cuando entré al cuarto no estaban sino las dos pacientes. Tal como las había dejado la última vez que salí de allí. Todavía con el rostro hacia el costado derecho, Carla parecía sonreír. Estaría soñando con nosotros, en la piscina…

—Vamos a ir Carla… a donde tú quieras, con Mateo que nos acompañará siempre, con… con sus hermanitos si quieres… los puedes tener conmigo… —le dije al oído—. ¿Vienes, Carla? ¿Vienes?

Sollozando, me senté a esperar.

lunes, 29 de junio de 2009

Camino a Ilheus

Desde la terminal de un pueblo que ya no recuerdo, entre las capitales Vitória y Salvador, en el litoral nordeste de Brasil. Rumbo a Ilheus, la tierra del escritor Jorge Amado.

jueves, 25 de junio de 2009

Cuadro

Una vista de la ciudad de Salvador, Bahía.
Ciudad histórica, mezcla de culturas y sincretismo religioso.
Abundan las iglesias y las casonas de otros siglos, también las plazas y los fuertes.
Una fiesta verdadera, dicen, en los días de carnaval.
Brasil, 2007

lunes, 22 de junio de 2009

Génesis

Minicuento

Decir adiós le costaba tanto que se encerró en el cuarto desde las diez de la mañana para no ver cuando partía. Encendió el televisor para ver nada pero no pudo evitar escuchar la venta de un ayudante computarizado para mercar. También escuchó la lluvia que caía cuando él cerró la puerta y se fue sin decirlo, sin decir que era para siempre. Pero ella sabía que se había terminado. Era el adiós que no quería poner en palabras pero que estaba ahí, en cada partícula de aire que respiraba. Sentía que lloraba pero no lograba identificar por qué, había visto venir la despedida desde el principio, quizás la había anticipado, no, más bien la había provocado sin quererlo. Se equivocó. Tal vez. Salió de su cuarto casi a la medianoche y sólo entonces se dio cuenta de lo que había empezado.