martes, 13 de octubre de 2009

Una historia de verdad

Un recuerdo

Una de las cosas que yo quería cuando niña era ser cantante. Compositora e intérprete. No lo sabía
entonces con esas palabras, pero ahora sí. Creo que compuse dos canciones y ambas hablaban de una colección de tambores y de mi padre. No sé qué más decían ni qué más escribí.

Para evaluar mi capacidad histriónica yo, que era de las que casi nunca fallaba izada de la bandera en la escuela, por cualquier razón, en los homenajes, con la banderita puesta en el costado izquierdo de mi pecho plano, declamaba, accionando como indicaban las profesoras, y hacía fonomímica (¿se hace todavía?). No me acuerdo qué recité pero sí recuerdo muy bien que hice fonomímica de dos sensuales canciones de Lucía Méndez en el circo-teatro de Titiribí; y yo tenía siete, ocho, nueve años. No había curaduría de los puntos incluidos en los programas de homenaje a la bandera y por eso creo que las profesoras se llevaban una que otra sorpresa. De esas veces no recuerdo ningún aplauso ni felicitación.

Papá compró una guitarra de segunda mano y él, maestro de corazón, buscó en el pueblo un buen profesor del instrumento. Asistí emocionada a la primera clase pero la guitarra era demasiado grande para mí. Fueron sólo tres encuentros, a la salida de la escuela, y después no quise volver. Tampoco hubiera podido. El profe particular le dijo a mi papá que yo para eso no servía: las manos muy pequeñas, no tiene oído y canta horrible. Bueno, lo primero me lo dijo mi papá, lo otro lo pude suponer en ese momento y puedo sostenerlo ahora.

Sin embargo, lo mío sí era el mundo del espectáculo, los escenarios, las tarimas, el público aplaudiendo, aclamando; el reconocimiento en las calles. Eso seguía siendo yo a los siete, ocho, nueve años. Papá, que me enseñó (y ya olvidé) las tablas de multiplicar juntando un dedo con otro, contando dedos, de la manera más sencilla y para el momento inolvidable, papá me mostró también cómo era el maravilloso arte de los trucos matemáticos y con las cartas del naipe, y a mi hermana menor, el misterioso mundo del hipnotismo.

En otro teatro de ese pueblo que acabó siendo el nuestro, nos presentamos varias veces. Es una lástima que no recuerde cómo nos anunciaban. “¿El profesor Ignacio y las niñas Estrada?” “¿El show de la familia Estrada?” “¿Las niñas magas?”. En fin, ninguno de los tres lo recuerda. Pero éramos un éxito. Adonde quiera que íbamos nos pedían un truco: “no, sólo cuando nos presentamos, en la calle no”. Papá también nos entrenó con otra respuesta: “no, los trucos no se repiten enseguida”.

Papá hipnotizaba gallinas. De hecho, las dormía. La presentación de mi hermana era anunciada como hipnotismo pero realmente lo que hacía era relajación. Como mi papá, ella inducía a su víctima a un sueño profundo en el que sólo despertaba con una clave de sonido: el tronar de unos dedos o un toque de palmas. Pero no ponían a nadie a hacer cosas raras o estrambóticas o algo por el estilo. El voluntario persona despertaba y la gallina obligada también y los aplausos estallaban.

Lo mío con papá eran las cartas y los números. Yo adivinaba la edad de una persona después de hacerle dar vueltas con varias operaciones matemáticas; adivinaba la carta que alguien del público había tomado mientras yo tenía los ojos vendados, adivinaba un número que algún desconocido estuviera pensando.

Era fácil entonces. Con papá practicábamos y practicábamos. Repetíamos, con paciencia él, con desespero nosotras. Aunque intentó que ambas aprendiéramos las mismas cosas, no demoró en percatarse de que éramos muy distintas. Ahí fue cuando concentró el asunto del hipnotismo en Dora y el tema numérico en mí.

Sé que en el espectáculo papá le ponía todo el misterio, el suspenso, el discurso o “carreta” como decimos aquí. La tensión que se necesita para generar expectativa sobre cada nueva sorpresa que se venía con nosotras. Ahí, pequeñitas, un tanto tímidas y un tanto temerarias. Valientes como quizá después no hemos vuelto a ser en muchas cosas que lo demandan.

Lo había olvidado, sí: adivinada la edad, la carta tomada, la cifra pensada, y venía lo que yo temerosamente anhelaba: el estruendo de los aplausos.

Y los tres hacíamos la venia tomados de la mano, con cariño y emoción. Ahí, en ese instante, estaba todo mi mundo conquistado, a los siete, ocho, nueve años: mi familia, un pequeño gran talento y una fama inusitada.

3 comentarios:

DorA. dijo...

Muy bonita tu "historia de verdad", me encanta como recuerdas tantas cosas, con tanto cariño, se te nota ese amor por papá a leguas. Creo que con tu profesion de escritora no estas muy lejos de lo que querias ser cuando niña, cuando uno todavia no sabia exactamente que era ser adulto. Ser compositora de canciones y de textos, tan bellos como este, es muy cercano. De alguna manera sos interprete y cantante, de la vida, de estos recuerdos maravillosos y del amor. No con voz ni con aplausos en auditorios pero sí con las palabras y muchos seguidores, como yo, que amamos leerte.

hernando dijo...

si pudieramos en pocas palabras hacer un comentario a tu cuento ,PERO ESTE NO ES EL CASO NOS HEMOS ACOSTUMBRADO A COMENTAR TODO LO QUE NVEMOS, QUE SI COLOMBIA HABLO DE FUTOL , JUEGA BIEN,QUE EL TECNICO NO SABE.EN FIN CON TANTAS COSAS QUE SE DICEN,SIN TENER EN MUCHOS CASOS O EN LA MAYORIA DE CASOS NINGUN CRITERIO PARA ELABORAR NUESTROS ACOSTUMBRADOS COMENTARIOS.PERO EN LITERATURA COMO EN OTRAS COSAS EN LA VIDA LO REALMENTE IMPORTANTE ES SI LO LEIDO SE DISFRUTA,SE DELEITA,SE GOZA.Y EN MI CASO ESTO OCURRE CON TUS CUENTOS.

Gloria Estrada dijo...

Dora. Temor me da a veces haber olvidado cosas importantes, pero me alegra mucho lo que recuerdo. A veces también me entristece. Pero escribiendo esto te digo que incluso me reí mucho de nosotros mismos.
Un abrazo.

Hernando. Bacano que lo escrito produce algo en quien lo lee. Creo que esa es la idea, que al que lea le pase algo, lo que sea y en la dimensión que sea, con lo que uno se atreve a escribir.
Un saludito